El Cristianismo es la religión de mayores adeptos a nivel mundial, lo cual está demostrado estadísticamente; sin embargo a su vez es la más dividida, y, dentro de esta, la Iglesia Católica es la de mayores fieles en todo el mundo. Son las actitudes cismáticas de los hombres, regidas por las cuestiones cristológicas, teológicas e intereses personales, las que han llevado a la Iglesia de Jesucristo, cuyas acciones iniciaron en Pentecostés en el Siglo I d. C. (Hch. 2: 1-41), al punto más crítico en el cual se encuentra en nuestros días, y es algo que juntos debemos revertir.
Por el momento no intentaremos abordar a profundidad los Cismas que ha sufrido el Cristianismo, algo que aconseja otros apuntes futuros, sino que ahondaremos en lo referente a la necesidad de su reunificación para agradar a Dios y tributar a Su Plan de evangelizar por todo el mundo proclamando la buena nueva a toda la creación (Mc. 16: 15); tal como Jesús le encomendó a los once después de su resurrección, sobre la necesidad de que todos los pueblos sean sus discípulos (Mt. 28: 19), y que en el nombre de Dios debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados (Lc. 24: 47).
De una manera diferente, Juan en su evangelio lo hace saber en el capítulo 11, versículo 52, como una profecía de Caifás, el sumo sacerdote de los judíos por aquel año, quien anunció que Jesús debía morir no solamente por la nación de Israel, sino para reunir a todos los hijos de Dios que estaban dispersos, y en capítulo 17, versículos del 20 al 26, después de la última cena Jesús ora por sus discípulos y sostiene un diálogo personal con su Padre, no solamente por los doce apóstoles, sino también y especialmente por todos aquellos que escuchen su palabra para que “TODOS SEAN UNO”; lo antes expuesto aparece contenido en el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana, que encuentran su origen en el Antiguo Testamento, particularmente en los Libros de Ezequiel, capítulo 20, versículo 41, e Isaías, capítulo 11, versículo 12, entre otros.
En el Siglo II a.C., se tradujo la Tanaj o Biblia judía del hebreo y arameo antiguos al griego antiguo, naciendo la Biblia griega septuaginta o versión de los setenta (LXX), en conmemoración a sus traductores, la que por primera vez sacó a colación el término Ekklesia Katholes.
Desde mediados del Siglo I d. C. se aduce que los apóstoles comenzaron a escribir en griego los libros del Nuevo Testamento, conformándose el primer listado hacia el año 170 del siglo II d. C., todo lo cual fue teniendo sucesivos encuentros y desencuentros que devinieron en Concilios Ecuménicos para lograr la canonización o no de estos libros, algunos de los cuales fueron aceptados y otros declarados apócrifos por unos y empleados por otros.
La Biblia de los LXX se publicó con el cánon alejandrino, también conocido como deuterocanónico o segundo cánon, que cronológicamente es el primero, porque fue elaborado hacia el siglo II a. C., según como antes expusimos, el cual fue aceptado por la mayoría de las Iglesias o denominaciones cristianas, y rechazado por el conocido cánon palestinense, igualmente denominado protocanónico o primer cánon, que cronológicamente fue el segundo, toda vez que se redactó hacia el siglo II d. C., incluido en la Tanaj, posterior al judaísmo rabínico del segundo Templo de Jerusalén, reconocido por algunas pocas iglesias o denominaciones cristianas Protestantes, algunas de las cuales llaman apócrifos al deuterocanónico, pero que este es aceptado por la iglesia Católica, Ortodoxa y otras denominaciones cristianas.
Recordemos que en publicaciones anteriores hemos tratado el tema de la dominación griega en Israel y la explicación de la imposición del oprobioso nombre que significó Palestina para el pueblo de Israel, empleado para sofocar revueltas judías y borrar el nombre de Israel, que años más tarde se logra con la dominación del Imperio Romano. De igual manera en otras publicaciones hemos analizado cómo el Judaísmo minó las bases del Cristianismo, afectando su desarrollo armónico, dando lugar a todo lo que sucedió con posterioridad.
El Cristianismo se convirtió en la religión oficial y obligatoria dentro del Imperio Romano en el Siglo IV d. C., bajo el mandato del Emperador Constantino I, quien lo materializó al convocar el Primer Concilio de Nicea en el año 325 d. C., por lo que resultó necesario traducir al latín esta versión griega, mediante una edición divulgada, en latín Vulgata editio, de ahí que hasta nuestros días se le conozca como la Biblia Vulgata. Siglos más tarde la Biblia se traduce al castellano, pero ya desde mucho antes se conocía que Ekklesia Katholes significaba Iglesia Católica, esta última palabra también entendida como Universal, según la traducción del griego, lo cual responde al mandato divino aun no cumplido.
Luego de todo lo antes expuesto, teniendo en cuenta que Dios nos habla a través de la naturaleza, nos encontramos en condiciones de poder hacer un paralelismo para visualizar que al Cristianismo Primitivo le ocurrió lo mismo que al prehistórico Supercontinente PANGEA, que luego se separó hasta llegar formarse los Continentes que hoy conocemos, que es exactamente lo que hoy le ocurre al Cristianismo, que se encuentra dividido en más de 500 denominaciones cristianas: Católicas, Ortodoxas, Coptas, Protestantes y otras separadas, en estos dos últimos grupos destacan la Luterana y la Anglicana, que a su vez se han subdividido dando nacimiento a nuevas denominaciones; cada una se llama a sí misma la verdadera y alegan sucesión apostólica ininterrumpida, otras se atacan por contradecir las Sagradas Escrituras y la sana doctrina, o por cuestiones cristológicas o teológicas, en fin un caos como nunca antes visto en religión o proceso humano conocido. Todo lo cual denota que debemos actuar HOY y AHORA.
Si analizamos este fenómeno podemos constatar que constituye una verdadera vergüenza, motivo por el cual muchas personas de fe endeble prefieren ser ateos o adorar a Dios desde sus casas, porque sienten cómo muchas veces le inoculan veneno en sus venas contra otras religiones u otras denominaciones cristianas, algo que lleva un proceso que data de cientos de años que suman miles, y los agnósticos alegan, entre tantas cosas, que este divisionismo es lo que les impide creer que exista un dios.
Sin embargo, existe consenso entre los geológicos y la comunidad científica internacional al predecir que todos los Continentes actualmente conocidos se volverán a unir, y formarán un nuevo Supercontinente que han dado en llamar NOVOPANGEA, para lo cual existe consenso que nunca será igual al PANGEA. Es cuando el paralelismo aflora una vez más, es decir, si seguimos la Palabra de Dios revelada, podemos constatar que ineluctablemente esto acontecerá con el Cristianismo, universalizándose.
Por lo que al igual que con el nuevo Supercontinente, una vez resurgido el CRISTIANISMO como religión UNIVERSAL nunca será semejante al CRISTIANISMO PRIMITIVO, pero aun así con esto de seguro agradaremos a Dios y contribuiremos con Su Plan Divino de UNIR a Sus hijos dispersos por el mundo, que a la postre implicará, con su alcance e influjos, a otras religiones e incluso a algunos ateos, que al ver la manifestación del Plan Divino se sumarán.
Es por esto que debemos acercarnos y aceptarnos en nuestras diferencias, y centrarnos en lo que nos une: el AMOR a Dios, a Jesucristo y al prójimo (Mc. 12: 29-31). Pero sabemos que no es tarea fácil y que lleva mucho trabajo, por lo que debemos discernir en sus orígenes para encontrar la raíz del problema y trabajar para encontrar posibles soluciones viables, objetivamente alcanzables y sustentables.
Algunas consideraciones filosóficas
Sin pretender hacer un profundo análisis filosófico o metafísico, mucho menos ahondar en todo lo que estas implican para las religiones, nos detendremos en un somero análisis del problema de los universales, todo lo cual sugieren apuntes filosóficos posteriores para una mejor comprensión del asunto en cuestión.
Este análisis debemos hacerlo sobre la premisa que nos diera el apóstol San Pablo en los siguientes libros del Nuevo Testamento, que conforman una parte de sus epístolas paulinas: Romanos, capítulo 12, versículo 2, sobre la necesidad de distinguir cuál es la voluntad de Dios: lo bueno y lo agradable, para lo cual debemos transformarnos por la renovación de nuestra mente; Primera de Corintios, capítulo 3, versículo 19, la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios; y Colosenses, capítulo 2, versículo 8, para no quedar esclavizados en la vana falacia de una filosofía fundada en tradiciones humanas, según el mundo y no según Cristo.
Ya desde la antigüedad, los filósofos griegos hacían cuestionamientos epistemológicos sobre lo UNIVERSAL y lo PARTICULAR, siendo el nominalismo o particularismo una doctrina filosófica cuyo precursor se cree pudo ser Heráclito, antiguo filósofo griego, quien alegaba que todo lo que existe es particular. El nominalismo niega la existencia de universales tanto de manera inmanente como trascendente.
Siglos más tarde el nominalismo fue profundizado con la corriente del pensamiento filosófico del personalismo, propugnado por Immanuel Kant, filósofo prusiano y cristiano luterano protestante, quien hace un giro copernicano con su “Critica a la razón pura”, obra prohibida por la Iglesia Católica en su época, toda vez que intentó imbricar las corrientes filosóficas del racionalismo con el empirismo, haciendo una crítica a las corrientes filosofías que se centraban en el objeto como fuente de conocimiento, demostrando que el sujeto es la fuente que construye el conocimiento del objeto.
Fue Platón, filósofo de la antigua Grecia, uno de los primeros exponentes del universalismo, en contraposición a las teorías de Heráclito. Por otra parte, Aristóteles, discípulo de Platón, en similar vertiente asimiló el universalismo, pero como realista moderado, algo que siglos más tarde retomara Santo Tomás de Aquino, Doctor de la Iglesia Católica.
A la propuesta de conciliación de la Teología con la Filosofía aristotélica realizada por Tomás de Aquino se había opuesto primero Duns Scoto y luego Guillermo de Ockham, generando una tendencia antirracionalista dentro de la cristiandad, lo cual propició otro foco de división en el Cristianismo que años más tarde, desde la filosofía y la Teología, sería determinante en el Gran Cisma de Occidente.
Algunos neoplatónicos, como Plotino y San Agustín de Hipona, Doctor de la Iglesia Católica, argumentaron que los universales están contenidos dentro de la mente de Dios, que implica la percepción de los individuos sobre Dios; algo que luego se desarrolló con mayor profundidad con el conceptualismo, considerada una corriente filosófica intermedia entre el nominalismo y el realismo. Kant no negaba la existencia de Dios, pero sin embargo alegó que una máxima es moral si es universalizable, lo cual implica que todos se rijan bajo una regla, es decir, cuando la regla que nos autoriza a realizar ciertas acciones puede ser universal.
La religión cristiana encontró en la filosofía griega los argumentos para justificar su doctrina y sobre la cual se sustentó más tarde la Teología Cristiana; pues la religión cristiana era para los Padres de la Iglesia la expresión cumplida y definitiva de las verdades que la filosofía griega había logrado encontrar de manera imperfecta y parcial.
Ambas corrientes filosóficas, universalismo y nominalismo, son reconocidas por el realismo filosófico, que no podemos confundirlo con el materialismo. El realismo germina de la “teoría de las formas” de Platón, que parte de lo trascendente, fuera de los particulares, por encima de lo puramente inmanente.
Desde un punto de vista filosófico, el concepto de trascendencia incluye además la idea de superación o superioridad. Agustín de Hipona alegó que la trascendencia transita inicialmente por la inmanencia, al cual se añade la superación que el trascender representa, porque la inmanencia es la propiedad por la que una determinada realidad permanece dentro de sí misma, por lo que todo su ser y su actuar se agotan en ella. La Filosofía Escolástica hace suyos estos conceptos y desarrolla los términos actio immanens y actio transiens.
Lo inmanente es resultado de lo que vivimos o experimentamos intrínsecamente en los particulares, siendo lo trascendente la cuestión sobre si hay algo más fuera del mundo que conocemos o de lo inmanente. En la Edad Contemporánea la filosofía de lo trascendente se refiere más a la posibilidad de un conocimiento objetivo de lo que realmente acontece o nos circunda, partiendo del conocimiento del mundo basado en la experiencia, que permite ir ampliando los horizontes epistemológicos.
Analizado todo esto, podemos inferir que el Cristianismo puede ser una religión universal, pero sobre la base de que cada individuo la asuma inmanentemente, es decir, como suya sin importar región, raza, etnia, identidad cultural, ideología, origen ni clase social, para que con su actuar diario trascienda a los demás, y permita que entre las religiones se trabaje por la consecución de la unidad en cumplimiento del Plan Divino.
Origen del problema
No podemos soslayar que en estos procesos cismáticos acaecidos en el Cristianismo Primitivo y hasta nuestros días, han intervenido otras religiones, como es el caso del Judaísmo, que desde el primer día del ministerio público de Jesús y con posterioridad a su muerte y resurrección, se encargó de minar sus cimientos, desmintiendo, tergiversando, maquinando, complotándose y atacando frontal o sutilmente a la naciente secta judeocristiana, sembrando divisiones internas, terror y desidia, fomentando cacerías y mucho más contra los más tarde llamados cristianos, por ser seguidores de Jesucristo.
De lo antes expuesto existen evidencias en el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana, particularmente los relatos del entonces judío Saulo de Tarso, quien más tarde fuera llamado Pablo de Tarso, llegando a ser uno de los apóstoles del Cristianismo Primitivo, así como también se pueden evidenciar hechos similares en otros libros históricos, en los cuales se relatan cómo los cristianos eran arrojados a las fieras en el Coliseo Romano por pura diversión, entre otros grandes desmanes.
Aunque trataremos someramente estos temas, recordemos que los Cismas, las disputas cristológicas, teológicas y filosóficas, que llevaron al Cristianismo a separarse, serán objeto de análisis en otros apuntes futuros.
Después de la muerte, resurrección y ascensión de Jesús, en Antioquía se llamó por primera vez cristianos a los seguidores de Jesucristo (Hch. 11: 26). Mérito significar que los primeros cristianos eran judíos, ya sea por nacimiento, como es el caso de Jesús, María, José, los doce apóstoles, entre otros, y en la medida que fue expandiéndose el Cristianismo se convirtieron otros de origen no judíos, dentro de ellos gentiles y otros paganos provenientes de las comunidades palestinas, llamados prosélitos, quienes al inicio se circuncidaron, pero con el tiempo muchos de estos no lo aceptaron, lo cual implicaba una franca inobservancia de la Ley Mosaica, al menos en una de sus partes, algo que propició encarnizadas discusiones.
Se cree que Pablo de Tarso, conocido como el “apóstol de los gentiles”, fue quien le solicitó a Cefas, llamado Simón Pedro, que debían aceptarse como cristianos a los prosélitos, tal y como Jesucristo les enseñó sobre la necesidad de evangelizar más allá de las comunidades judías, para cumplir el plan divino de unificar a los hijos de Dios dispersos por el mundo, algo que no fue bien comprendido en su época por ser extremadamente cerrada la comunidad judía.
Por lo que fueron estos y otros aspectos controversiales los precedentes del Concilio de Jerusalén, celebrado en el año 50 del Siglo I d. C., en el que se aprobó la propuesta del apóstol Pablo de Tarso de permitir la conversión de gentiles y otros paganos incircuncisos, pero que indudablemente marcó un punto de inflexión con el Judaísmo.
Lo que antes era una secta judeocristiana pasó a ser una religión totalmente aparte del Judaísmo, naciendo así el Cristianismo, ocurriendo con esto un gran cisma dentro del Judaísmo; algo que nunca debió acontecer, fracturándose así el plan de Dios, toda vez que Jesucristo como buen judío no pretendía separarse del Judaísmo ni crear una nueva religión, sino que quería darle pleno cumplimiento a la Ley mosaica y a los Profetas (Mt. 5:17), algo que no fue comprendido por muchos judíos.
Lo que debió ser un trance natural evolutivo judeocristiano o del Judaísmo al Cristianismo, se convirtió en algo que marcaría lo que hoy estamos sufriendo como humanidad, máxime cuando la mayoría de los judíos no reconocieron en Jesús su condición de Hijo de Dios ni de Mesías, traicionando así sus propias Sagradas Escrituras, al no saberlas interpretar en contexto, y aún hoy esperan al Mesías (Cristo) prometido.
Cuando desaparecen físicamente los discípulos de Jesús o Apóstoles culmina el llamado período apostólico (30-100 d. C.), seguido del período preniceno, regido por los discípulos más cercanos de los apóstoles, llamados Padres Prenicenos o cristianos proto ortodoxos, quienes siguieron sus tradiciones apostólicas en sus Iglesias unidas; en este mismo período surgen los Padres Apostólicos, que fueron los autores del Cristianismo Primitivo, quienes tuvieron algún contacto con uno o más de los apóstoles de Jesús de Nazaret, que se integran a los Padres de la Iglesia, quienes fueron un grupo de pastores y escritores eclesiásticos cristianos, muchos de estos eran obispos, que van desde el siglo I hasta el siglo VIII d. C., y cuyo conjunto de doctrina es considerado testimonio de la fe y de la ortodoxia en el cristianismo post apostólico.
Ya en esos momentos existían atisbos de divisiones internas por liderazgos y cuestiones de disputas Cristológicas, Teológicas, filosóficas o doctrinales, muchas de las cuales fueron declaradas heréticas y persisten hasta nuestros días, sembrando división y odio entre hermanos cristianos, que con el tiempo se fueron atizando.
Existen pasajes bíblicos en el Nuevo Testamento de la Biblia cristiana en los cuales Jesús adoctrina a sus discípulos Santiago y Juan, porque querían ser los líderes, donde él les decía que “el que quiera ser grande que sirva a los demás” y “el que quiera ser primero que sea esclavo de los demás” (Mc. 10: 42-45), algo que retoma Pablo de Tarso en sus epístolas dirigidas a las comunidades cristianas que lideraba.
Lo antes expuesto denota, desde aquellos primeros momentos, cómo afloraban las bajas pasiones, aun entre grandes personas dentro del Cristianismo, alguno de los cuales, como es el caso de Santiago y Juan, se dejaron adoctrinar por Jesús y cambiaron su actitud, porque todo Santo tiene un pasado y todo pecador tiene un futuro, siempre que se arrepienta y determine seguir los caminos rectos y angostos del Señor.
Retornando unos años atrás, vemos cómo Jesucristo, después de su resurrección, antes de su ascensión, le dio indicaciones a sus discípulos, y dentro de estas que esperaran el Pentecostés a salvo en Jerusalén, comisionando a sus discípulos para que luego proclamaran la buena nueva por todas las naciones, algo que se conoce como la Gran Comisión (Mt. 28: 18-20, Mc. 16: 14-18, Lc. 24: 44-49, Jn. 20: 19-23, y Hch. 1: 4-8).
Antes de Pentecostés y a mayor escala en Pentecostés, fue Pedro quien se dirigió a la multitud (Hch. 1: 15-16, y 2: 1-41), donde igualmente estaban presentes los once apóstoles, junto a María la madre de Jesús, entre otros hermanos, quienes reconocieron en él (Pedro) el mandato de Jesucristo, como guía o pastor de sus ovejas. Constituyendo este el momento que se reconoce históricamente como el nacimiento de la Iglesia Cristiana Universal Primitiva, que era y se desea sea una, santa, católica y apostólica, cuyas actividades se iniciaron cincuenta días posteriores de la muerte y resurrección de Jesús, según como anunció la venida del Espíritu Santo en Pentecostés en el Siglo I d. C.
Por otra parte, es mérito acotar que Jesucristo reconoció a Simón, también conocido como Cefas o Pedro, como su Vicario en la tierra, comisionándolo como el primero entre sus once iguales, y representante de su Iglesia, pidiéndole que guiara a sus ovejas (Jn. 21:15-17), toda vez que fue incorporado como discípulo al principio de su ministerio y fue el primero en reconocer la divinidad de Jesús como Hijo de Dios.
En tal virtud Jesús le dijo "Tú eres Cefas (Pedro), y sobre esta cefas (piedra o roca) edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo" (Mt. 16: 18-19).
En la Biblia de los LXX mencionan en el Evangelio de Mateo, Capítulo 16, versículo 18, la plabra πέτρος (Petro), llevado al castellano como Pedro, como la masculinización del griego πέτρα (petra), es decir “roca”, cambiando su terminación y manteniendo la raíz de la palabra. Algo que ha sido fruto de encarnizadas disputas Teológicas y doctrinales, olvidando que el Evangelio de Mateo fue escrito en griego koiné, en el cual no existe ninguna distinción entre Petro y Petra, donde ambos significan “roca”, considerado como una piedra inamovible, algo que igualmente ocurre en el arameo, idioma natal de Jesús, y la palabra para ambas habría sido כיפא (cefas), que aplica para “Petro” y “Petra”, que igualmente significa roca.
Sin embargo ulteriores traducciones en el griego ático hacen variar su significado, toda vez que Petro significa “piedra”, considerado como una piedra que se puede arrojar, y Petra significa “roca”, considerada una piedra inamovible; discusión que se atiza cuando se descubre que nunca se realizó la traducción de la palabra lithos (λίϑος), que vendría a señalar una piedra del camino y con lo cual podría interpretarse que sería una piedra pequeña o piedrecita, algo que algunos protestantes hacen suyo para demostrar que no es Pedro la cabeza de la Iglesia de Cristo, por lo que no reconocen su papado o primacía ni el de los sucesivos.
Estas disputas se resolverían si nos remontamos al arameo como la lengua materna de Jesús. Por otra parte, Pablo de Tarso siempre llamó a Simón Pedro con el nombre de “Cefas”, de la misma manera que lo hizo Jesús. Esta palabra hebrea helenizada, es decir, llevada al griego antiguo koiné, proveniente del arameo, no era un nombre propio, pero Pablo se lo asigna como tal.
Por otra parte no podemos olvidar que Pedro quiso evangelizar en Roma, y que allí se estableciera la sede central de la Iglesia de Jesucristo, donde murió por la causa cristiana, siendo uno de los primeros mártires del Cristianismo; por todo esto fue el Primus Inter Pares, respecto a los once apóstoles o discípulos de Jesús, porque así lo dispuso Cristo, al decir que Simón Pedro era la roca de su Iglesia (Mt. 16: 18-19; Jn. 21:15-17).
Por lo que Simón, llamado Cefas o Pedro, fue el primer Papa de la Ekklesia Katholes (Iglesia Universal o Católica), que dejó una sucesión apostólica ininterrumpida en Roma, desde donde ató en la tierra y en el cielo sus designios. Quien no lo vea así a él y a los sucesivos Papas estaría renegando las enseñanzas de Jesucristo y no puede llamarse verdadero Cristiano, porque estaría negando, a su vez, los designios de Dios, tanto así que esta denominación de Primus Inter Pares se le ratificó al Papa u Obispo de Roma en la Pentarquía cristiana, siglos más tarde.
La Iglesia católica identifica a Simón Pedro a través de la sucesión apostólica como el primer Papa. Otras Iglesias católicas apostólicas, como la ortodoxa, no lo consideran de esta manera, por entender que Jesús no edificaría su Iglesia sobre un hombre, para quienes la Iglesia se edifica sobre Cristo, Hijo de Dios, y Pedro no constituye la cabeza de la Iglesia, sino un apóstol que pudo ver en ese momento, por gracia del Espíritu Santo, lo que Jesús sería según la fe cristiana: el Mesías.
La Iglesia ortodoxa de Antioquía lo considera el primero de sus obispos en la sucesión apostólica, toda vez que fue su fundador. Las cinco iglesias primigenias (Roma, Antioquía, Jerusalén, Constantinopla y Alejandría) poseen sucesión apostólica, pero ininterrumpida solamente Roma y Constantinopla, según como veremos más adelante. Sin embargo, las iglesias ortodoxas y otras parecen olvidar que fue designio de Pedro atar en la tierra romana la sede central o principal de la Iglesia de Cristo, todo lo cual igualmente quedó atado, por mandato de Jesucristo, en el Cielo.
Siguiendo en el análisis de las génesis de los cismas, podemos ver que en el Primer Concilio Ecuménico de Nicea, celebrado en el año 325 del Siglo IV d. C., como antes expusimos, se oficializó el Cristianismo como religión obligatoria del Imperio Romano, en el que se analizó, entre otros aspectos, la herejía del arrianismo y el cisma meleciano, lográndose el arreglo de la cuestión cristológica de la naturaleza del Hijo de Dios y su relación con Dios Padre, y la construcción de la primera parte del Símbolo niceno, completada años más tarde en el Segundo Concilio Ecuménico celebrado en Constantinopla (381 d. C.), donde igualmente se analizaron otras actitudes cismáticas y cuestiones de disputas cristológicas, retomándose nuevamente el arrianismo.
En la época de Justiniano, en el siglo V, conocido entonces como el Cristianismo bajoimperial y más adelante como medieval, todo lo antes expuesto se arreció, ya que surgieron situaciones dentro del Cristianismo que dieron al traste, para su gobernabilidad, con el nacimiento de cinco sedes episcopales regidas por sus correspondientes Obispos o Patriarcas, lo que este Emperador dio a conocer como la PENTARQUÍA, según se puede apreciar en su Novella 113.
La Pentarquía cristiana surgió en un momento histórico donde la puja por el poder eclesiástico dentro del Cristianismo había que controlarlo, por lo que se reguló la autoridad universal de la Iglesia de Cristo, quedando de la siguiente manera: el Papa o Pater u Obispo de Roma, el Patriarca de Constantinopla, el Patriarca de Alejandría, el Patriarca de Antioquía y el Patriarca de Jerusalén. Todas en estrecha comunión con la Iglesia Católica apostólica Romana y reconocían la autoridad del Papa como Sumo Pontífice, quien fue reconocido por todos los demás como Primus Inter Pares o Primero entre Iguales, retomando la tradición apostólica que le veneraron a Pedro desde el período apostólico, según como antes explicamos.
Estas actitudes cismáticas se acentúan en el Tercer Concilio Ecuménico de Éfeso, celebrado en el año 431 del Siglo V d. C., donde se debate la herejía del nestorianismo, y se debate además sobre la mariología. Años más tardes, en el año 451 se efectúa el Cuarto Concilio Ecuménico de Calcedonia, donde se retoma el análisis del nestorianismo y acontece el debate sobre el monofisismo, que al no llegarse a acuerdo sobre este importante debate cristológico aconteció el Primer Cisma de Oriente y Occidente, propiciando la separación de la Iglesia Copta y las Iglesias Ortodoxas Orientales no calcedónicas del resto de las Iglesias (Católicas y Ortodoxas), fracturándose así para siempre el antes denominado Cristianismo Primitivo y la Iglesia Universal para siempre, que años más tarde diera lugar a otros cismas.
Como consecuencia del nacimiento del Islam como religión en el Siglo VII d. C., sustentada en el arrianismo y los iconoclastas, y la rápida expansión musulmana por sus guerras de conquistas, tres de los cuatro Patriarcados orientales u ortodoxos cayeron bajo dominio del Islam: Alejandría, Antioquía y Jerusalén. Por lo que a partir de este momento el Oriente cristiano se identificó desde entonces con la Iglesia griega o bizantina del Patriarcado de Constantinopla, y las iglesias nacidas como fruto de su acción misionera le reconocían una primacía de jurisdicción. Estas cristiandades que giraban en la órbita de Constantinopla, integraban la Iglesia greco-oriental.
En el año 726 del siglo VIII d. C., León III, Emperador del Imperio Bizantino o Imperio Romano de Oriente, marcó una actitud iconoclasta y prohibió la veneración de las imágenes que representaban a Cristo, María y en especial la de los santos, afirmando que se contraponían a lo dispuesto en las Sagradas Escrituras, dando origen a la querella iconoclasta entre el Cristianismo Oriental y el Occidental, el cual, como hemos expuesto en otros artículos, tuvo una marcada influencia de las religiones olímpicas grecorromana.
A la muerte del Emperador, su hijo heredero Constantino V (741-775), lo mantuvo aun a expensas del reclamo popular, para lo cual empleó su poderío militar. En el Segundo Concilio de Nicea, celebrado en 787, se retomó la veneración de iconos, sustentados en la encarnación de Jesucristo en hombre, restaurándose la iconodulia. Con el emperador León V, se instauró un segundo período de luchas iconoclastas en 813, continuado por los siguientes emperadores hasta Teófilo hacia el 829, quienes revirtieron lo acordado en Nicea II. Al morir este emperador, su esposa Teodora movilizó a los iconódulos y proclamó la restauración de la veneración de los iconos en 843.
Todo lo antes expuesto, marcó el inicio de nuevos cismas futuros, al punto que años más tardes algunas congregaciones cristianas protestantes ven en la veneración a las imágenes una manifestación de idolatría, algo prohibido por el mandato dado en el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana, en el libro Éxodo, capítulo 20, versículos del 4 al 6; razón por la cual son contrarios a esta práctica religiosa, expresando su desaprobación y rechazo a esta tradición, ejercida por muchas denominaciones cristianas incluyendo la católica y la ortodoxa.
En 1054 del Siglo XI d. C. sobrevino el Gran Cisma de Oriente y Occidente, separando hasta nuestros días a la Iglesia Católica Romana de la Iglesia Ortodoxa, todo lo cual tuvo sus orígenes desde años antes y devino en la excomunión recíproca de sus líderes religiosos, el Papa u Obispo de Roma y el Patriarca Ecuménico de Constantinopla, toda vez que este último pretendía el liderazgo ecuménico universal que históricamente ostentó el Papa, y se negó a apoyar a Roma ante las amenazas de incursiones militares de los Normandos.
Recordemos que ya no existía la Pentarquía porque las sedes episcopales de Antioquía, Jerusalén y Alejandría estaban en manos musulmanas, y sus correspondientes Patriarcas habían encontrado protectorado ecuménico ante el Patriarca de Constantinopla, donde radicaba la sede central del Imperio Bizantino o Romano de Oriente, por lo que solo quedaban el Papa, Primus inter pares, y el Patriarca de Constantinopla, quien ostentaba, en la práctica, un mayor poder religioso, político y económico que el Papa, no así en el plano religioso tradicional.
Ambas Iglesias se llaman a sí misma “una, santa, católica y apostólica”, legítima heredera de la iglesia primitiva universal y le atribuyen a la otra haber abandonado la iglesia verdadera. Aunque años más tardes, estudiosos del tema llegaron a la conclusión que se excomulgaron individuos no las iglesias. Una vez más son los intereses personales y las ansias de poder los que truncan la Palabra de Dios, y son los hombres con su propensión al mal los que se alejan cada vez más del plan divino.
El Imperio Franco devino en el Imperio Carolingio y restauró el Imperio Romano de Occidente, que duró hasta el Siglo X, momento a partir del cual emergen dos reinados: el Reino de Francia en la parte oeste y en el este el Sacro Imperio Romano Germánico.
Desde el Siglo XI hasta el XV se sucedieron varias incursiones militares entre los principales reinos cristianos europeos u Occidentales (España, Inglaterra, Francia y Germania) y los Papas Romanos, todo lo cual fue dividiendo y debilitando los reinos y el catolicismo Occidental, surgiendo nuevas tendencias dentro del Cristianismo que iban marcando lentamente la separación del catolicismo, que le impidió concentrarse en el Cristianismo en Oriente, unido a las constantes incursiones militares musulmanas, siendo el Islam una religión emergente desde el siglo VII, que se impondría con mucha fuerza en Oriente y en algunas regiones de Occidente, todo lo cual propició numerosas guerras de religiones o guerras santas, conocidas como Cruzadas cristianas y el yihadismo islámico o musulmán, según como veremos más adelante.
De igual manera, siglos más tarde, el catolicismo, el protestantismo y el anglicanismo se impusieron a punta de lanza en sus colonias, tanto en el Nuevo Mundo (América) como en otros lares, desplazando culturas autóctonas ancestrales, algo que continuó ensanchando la brecha entre estas y alginos de sus fieles.
Por otra parte, la querella de las investiduras enfrentó a papas y reyes católicos del Sacro Imperio Romano Germánico, entre los años 1075 y 1124, hacia los siglos XI al XII d. C. La causa de dicho desencuentro era la provisión de beneficios y títulos eclesiásticos, que devino en una disputa que mantuvieron pontífices y emperadores del Sacro Imperio por la autoridad en los nombramientos en la Iglesia católica, lo que permitió liberar al papado del sometimiento al imperio; donde se impuso el celibato y se elimina la simonía.
Durante un período de casi doscientos años, entre 1096 y 1291 del Siglo XI al XIII d. C. se libraron una serie de campañas militares impulsadas por el Papa y llevadas a cabo por gran parte de la Europa latina cristiana, denominadas guerras santas o CRUZADAS, principalmente por la Francia de los Capetos y el Sacro Imperio Romano Germano. Las cruzadas tuvieron inicialmente un objetivo específico de restablecer el control apostólico romano sobre la Tierra Santa: Jerusalén, en manos de los musulmanes y en menor medida de los judíos. Más adelante acontecieron otras campañas en España y Europa Oriental hasta el siglo XV.
Las cruzadas fueron sostenidas principalmente contra los musulmanes, aunque también contra los eslavos paganos, judíos, cristianos ortodoxos griegos y rusos, mongoles, cátaros, husitas, valdense, prusianos y contra los enemigos políticos de los papas, dentro de los cuales también se encontraban los cristianos protestantes y otras iglesias separadas.
En el XIV la peste negra acabó con un tercio de la población europea; por otro lado la hambruna, la difícil situación económica y otros hechos como la Inquisición católica, fueron caldo de cultivo para que las inconformidades con los reyes católicos y el clero se acentuaran en la población, propiciando luchas intestinas y nuevas tendencias teológicas y filosóficas, que fueron marcando poco a poco los cismas que años más tardes se originarían.
Todo lo antes expuesto fueron antecedentes del Gran Cisma de Occidente (1378-1417), pero no podemos olvidar que dentro de los precedentes de este Gran Cisma se encuentran las disputas entre los Papas de Aviñón y los de Roma, los primeros protegidos por el reino de Francia y los segundos por el reino de España, donde ambos reinos apoyaron la designación de sus papas, y estos se excomulgaron entre sí y se declararon herejes, naciendo nuevos antipapas, y más tarde un tercer Papa tuvo que ser elegido en un Concilio para poder resolver el problema, dando fin a esta disputa que duró aproximadamente 39 años.
Todo esto fracturó el Catolicismo y los reinados cristianos en Europa para siempre, dando lugar a guerras y más actitudes cismáticas por intereses personales que nada tenían que ver con el Plan de Dios, a todo lo cual se sumó el Reino de Inglaterra y Germania, dividiendo más aun los reinos cristianos, y dando lugar a sucesos históricos que ya no podían detener las constantes actitudes divisionistas dentro del catolicismo.
Aunque ya existían protestas contra el catolicismo por los excesos del clero y de los reyes cristianos, no eran aun nada estructurado. Sin embargo dentro del Sacro Imperio Germano nace Martín Lutero, fraile agustino y teólogo alemán, quien en 1517 del Siglo XVI d. C., enarbola las 95 tesis, toda vez que discrepa con el entonces Papa León X por varias situaciones, dentro de lo cual destaca los excesos con las ventas indulgencias, dinero que se recaudó, en gran medida, para la construcción de la Basílica menor de San Pedro.
Este reclamo no fue bien visto por el Papa, trayendo como consecuencia una serie de intercambios epistolares e intermediaciones, llegándose a proponer encuentros ecuménicos a los cuales se negó Lutero, quien llegó a negar la autoridad papal, motivo por el cual fue excomulgado, declarado hereje, apóstata y exiliado, naciendo oficialmente así el protestantismo, propiciando el Primer Cisma de la Iglesia Católica Romana, que a su vez dio lugar al nacimiento de las Iglesias Luteranas, Anabaptista, Evangelistas, entre otras denominaciones cristianas protestantes.
Por otra parte, ante la negativa del Papa Clemente VII de acceder al divorcio del Rey de Inglaterra Enrique VIII, entre los años 1531 al 1532 del Siglo XVI d. C., el Rey rompe con el papado Romano y se declara cabeza de la Iglesia Anglicana, por lo que en el 1533 el Papa excomulgó al Rey por divorciarse de su esposa sin su autorización, lo que hizo que éste se separara de la Iglesia Católica definitiva y radicalmente, dando nacimiento al Anglicanismo como nueva denominación cristiana, propiciando el Segundo Cisma de la Iglesia Católica Romana, que a su vez, años más tarde, dio lugar al nacimiento de las Iglesias Metodistas, Pentecostales, Episcopales, entre otras denominaciones cristianas separadas no protestantes.
Los primeros siglos de la Edad Moderna, del siglo XVI al XVII, en Europa coinciden con la Reforma Protestante y la Contrarreforma católica, que originaron un terrible período de sangrientas guerras de religión, que no han dado en llamarse Cruzadas, pero también lo fueron por transitividad, porque todos los que se opusieran al Papa eran igualmente sujeto y objeto de las mismas.
En Alemania, el enfrentamiento entre príncipes católicos y protestantes terminó en un conflicto militar abierto con la guerra de Esmalcalda; mientras que previamente habían estallado movimientos sociales como la guerra de los campesinos alemanes, también llamados anabaptistas. En Francia (1562-1598) entre católicos y hugonotes calvinistas protestantes, lo cual devino en la matanza de la noche de San Bartolomé en el 1572.
La Guerra de los Ochenta Años supuso la separación de los Países Bajos en un norte protestante y un sur que continuó católico; después de una Tregua de doce años, se gestó un conflicto europeo generalizado conocido como la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), iniciada como una renovación de los enfrentamientos católico-protestantes del Sacro Imperio Romano Germánico, que se complicó con la intervención de España, Francia y las monarquías escandinavas.
Finalmente y como colofón, se desatan las simultáneas guerras de los reinos de Inglaterra, Escocia e Irlanda en las Islas Británicas, que también tuvieron un componente religioso esencial entre el protestantismo y el catolicismo, evidenciándose el pasado violento de los hombres que profesaban esta religión, quienes evidenciaron cuán alejados estaban de los mandamientos divinos de amor al prójimo, paz y unidad.
De todo lo antes expuesto se desprende el odio visceral que llega hasta nuestros días contra la Iglesia Católica, por parte de algunas denominaciones cristianas y de otras religiones no cristianas, y en menor grado viceversa, todo lo cual data de hace cinco siglos, algo que debe quedar en el pasado si realmente queremos trabajar por la unidad de la Iglesia de Jesucristo, para sanar debemos perdonar.
Todos los reyes o emperadores cristianos a lo largo de la historia se disputaban con los pontífices el Dominium Mundi, y se autoproclamaban seres divinos por el cesaropapismo, todo lo cual les permitía ser representantes del Estado, de Dios en la tierra y cabezas de sus Iglesias, cuando solo le es atribuible a Jesucristo ser representante de Dios en la tierra, según consta en las Sagradas Escrituras, y en estas mismas se especifica que Jesús comisionó a Pedro como su representante o vicario en la tierra. De continuarse con estas actitudes cismáticas y contrarias a la Palabra revelada se contraviene el Plan de Dios y así no lograremos la verdadera y necesaria unidad cristiana.
De igual manera, con el devenir del tiempo, el Judaísmo, Islamismo, Hinduismo, Jainismo, Sijismo, Taoísmo, Budismo, Confucianismo, y otras religiones, creencias o corrientes filosóficas han impedido históricamente que el Cristianismo se expanda por sus territorios, cual si tuvieran temor de que el Cristianismo echara raíces y las sacara del juego, algo que en la actualidad no ocurre así en Occidente, donde mayoritariamente está instaurado el Cristianismo, porque respeta la libertad religiosa como Derecho Humano, algo que deberían aprender el resto de las religiones o creencias en Oriente.
Tanto el luteranismo como el anglicanismo fueron fragmentándose más y más, igual suerte corrieron las Iglesias Coptas, Ortodoxas y otras autodenominadas derivaciones católicas, algo que continúa ocurriendo hasta nuestros días de una manera desenfrenada hasta llegar a más de 500 denominaciones cristianas, oponiéndose las unas a las otras y convirtiéndose en la gran vergüenza para el mundo religioso, alejándonos cada vez más del Plan de Dios y nada de esto es de Su agrado.
Aun y cuando lo sabemos seguimos haciéndolo o permitiéndolo en nombre de la libertad religiosa como Derecho Humano; sin embargo parece que desconocemos que esto es del diablo no de Dios, y no tiene nada que ver con los Derechos Humanos, sino con incomprensiones, ambiciones, orgullo y vanidad, que se traducen en pecados capitales, y alguien debe ponerle coto.
Como antes referimos, en Antioquía se denominó cristianos a los seguidores de Jesús de Nazaret, y Cristianismo a la religión que profesaban, por lo que no podemos seguir culpando a la Iglesia de Jesucristo por las actitudes cismáticas de los hombres, es hora de retomar la unidad cristiana. Todos somos cristianos: católicos, ortodoxos, coptos, protestantes, luteranos o anglicanos, y demás hermanos separados, y si realmente queremos agradar a Dios debemos actuar HOY y AHORA.
Por tal virtud todos los cristianos, si queremos ser salvos, debemos trabajar por la UNIDAD o ECUMENISMO, para que se cumpla el Plan de Dios de rescatar a sus hijos dispersos por el mundo, sobre la máxima de que hay un tiempo para todo bajo el sol, un tiempo para separarse y otro para abrazarse, por lo que es tiempo de UNIRNOS, para juntos rescatar la Iglesia unificada de Cristo Jesús.
Necesidad del Ecumenismo
Es mérito efectuar algunas conceptualizaciones, para caer en la cuenta de qué es cada cosa y poder actuar en consecuencia. En tal virtud podemos definir el ecumenismo como las acciones que fomentan la unidad entre las distintas denominaciones cristianas, separadas por los grandes cismas que desde hace siglos han acontecido hasta nuestros días, constituyendo un camino de superación de estas divisiones, que responden al cumplimiento del mandato de Jesucristo en el Evangelio de Juan, capítulo 17, versículo 21: “que todos sean uno”.
Esta palabra proviene del griego antiguo y nos llega como “tierra habitada”, término que se utilizó desde los tiempos del Imperio Romano para expresar todas sus tierras conquistadas, lo cual fue evolucionando, al punto que actualmente tiene una significación eminentemente religiosa, y es usada para aludir a los movimientos existentes en el cristianismo que laboran por la unificación de las distintas confesiones cristianas que se hallan separadas por cuestiones de doctrina, de historia, de tradición o de práctica.
Sin embargo, no debemos confundir ecumenismo con el diálogo interreligioso, toda vez que éste busca el trato recíproco constructivo entre las religiones o movimientos espirituales que no tienen una raíz cristiana en común, en el cual se busca la interacción positiva, cooperativa y constructiva entre personas de diferentes tradiciones o creencias religiosas o espirituales, tanto a nivel individual como institucional.
A su vez se diferencia del sincretismo en que este busca una fusión o asimilación de doctrinas distintas sin coherencia sustancial, y tanto el ecumenismo como el diálogo interreligioso buscan la promoción del entendimiento, cada uno en su esfera de acción, para aumentar la aceptación de los demás.
Es importante acotar que todas las religiones emplean la llamada regla de oro, que no es más que tratar a los demás como quieres que te traten a ti, que impide que se enfrenten entre ellas, y les exige poner en práctica una ética tanto dentro como fuera de sus comunidades, propiciando el diálogo y que se traten a todos como quisieran ser tratados.
Cada religión tiene su propio ethos y sus fundamentos, sin embargo la historia ha demostrado que no existe ninguna religión que sea completamente monolítica; en cada una de ellas existen vestigios de diálogo interreligioso establecido por los creyentes, y en su casi generalidad ha existido sincretismo en sus orígenes o con el paso del tiempo o por dominaciones imperiales extranjeras, que para poder coexistir tuvieron que hacer reajustes y adecuaciones internas, o por actuales asimilaciones para atemperarse al status quo, en ambos supuestos so pena de fosilizarse.
Haciendo un poco de historia, es mérito acotar que desde el 1908 se pueden encontrar los primeros atisbos del movimiento ecuménico, donde dos episcopalianos norteamericanos anunciaron la necesidad de la UNIDAD de la Iglesia por una Octava, con excelente acogida en el mundo anglicano y católico, hasta el punto que uno de estos pastores pasó a ser católico, algo que fue quedando en el olvido hasta que nuevamente se retoma en el '21 como una Asamblea o Consejo para la unidad del anglicanismo y el catolicismo.
En el 1910 se celebró en Edimburgo la Conferencia Misionera Mundial que propició el movimiento ecuménico Fe y Constitución, la cual vino a ser la oficialización del movimiento ecuménico, que en el 1921 pasó a ser el Consejo Misionero Mundial.
En el papado de Benedicto XV se sucedieron varios intentos de acercamientos ecuménicos con el catolicismo por hermanos luteranos protestantes o episcopalianos, particularmente en los años 1914, 1918 y 1919, sin que se hiciera nada serio al respecto, a no ser adoptar una actitud inconsecuente con el diálogo, toda vez que el Papa respondió que se consideraba a sí mismo como la fuente y la causa de la unidad de la Iglesia, y que la única unidad posible se encontraba en su retorno a la Iglesia católica, todo lo cual generó mayor distención.
En el 1920 se celebra en Ginebra, Suiza, la Conferencia “Vida y Acción”, que posteriormente fue parte del Consejo Mundial de Iglesias creado en el 1938, al cual se fusionó el Consejo Misionero Mundial. Se considera al Consejo Mundial de Iglesias como la principal organización ecuménica cristiana, y cuenta con la afiliación de 348 Iglesias y denominaciones de más de 120 países. Representa al conjunto de Iglesias de la Comunión Anglicana, protestantes y ortodoxas, goza de un alto prestigio moral. La Iglesia católica no es miembro del Consejo, pero ha participado de algunas comisiones, como la de "Fe y Constitución", por lo que no se descarta que en el futuro se integre en el Consejo como miembro de pleno derecho.
En 1928, el papa Pío XI publicó su encíclica Mortalium Animos, en la que trató con palabras duras las primeras iniciativas del movimiento ecuménico, retomando la postura de su predecesor. Afortunadamente en el 1929 se realizó la primera evaluación seria del trabajo ecuménico por parte de los católicos, con el libro de Max Pribilla.
Por tal virtud el papa Juan XXIII produjo un cambio de rumbo con la creación en 1960 del "Secretariado para la promoción de la unidad de los cristianos", una comisión preparatoria al Concilio Ecuménico Concilio Vaticano II celebrado por la Iglesia Católica del 1959 al 1962, que más tarde dicho Secretariado recibiría el nombre de Consejo Pontificio para la Unidad de los Cristianos, que posibilitó un acercamiento entre todas las iglesias cristianas separadas o protestantes con la Iglesia Católica Romana.
Afortunadamente en el año 1962, gracias a este Concilio Ecuménico, la Iglesia Católica inició una serie de acciones tendentes a un mayor acercamiento con las Iglesias Ortodoxas, lo cual implicó que años más tardes el nuevo Papa Pablo VI y el Patriarca Ecuménico Atenágoras I, el 7 de diciembre de 1965, en una declaración conjunta, decidieron "cancelar de la memoria de la Iglesia la sentencia de excomunión que había sido pronunciada", algo que se ejecutó en el Gran Cisma de Oriente y Occidente en 1045, considerado un hecho sin precedentes en la Historia de las religiones, que marcó un hito en el Ecumenismo, algo digno de imitar por todos los cristianos.
Por su parte, los cristianos católicos tuvieron en la declaración titulada Nostra aetate (nuestro tiempo) del Concilio Vaticano II, donde se reguló las relaciones con las iglesias no cristianas, uno de los hitos más destacados en la propiciación del diálogo interreligioso, que se extendió a través del Secretariado para los no Cristianos, instituido por Pablo VI en 1964, y continuado con el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, creado por el nuevo papa San Juan Pablo II en 1988 con la constitución apostólica Pastor Bonus.
En el 1995 el papa San Juan Pablo II publica la encíclica Ut unum sint, que traducida del latín al castellano significa: Que sean uno, lo cual fue aludido en el lecho de muerte por su predecesor, el otrora papa Juan XXIII, quien lo retomó por lo que Jesús afirma en el Evangelio de Juan, capítulo 17, versículo 11; esta encíclica complementa un tema al que se le dio especial trascendencia en el Concilio Vaticano II, relacionada con la necesaria unidad de los cristianos.
Este documento reiteró que la unidad de estas dos iglesias sui iuris (Católicas y Ortodoxas) es esencial, así como un mayor diálogo y unidad con las comunidades protestantes, todo lo cual demuestra la postura oficial de la Iglesia Católica hacia la unidad cristiana.
En el 1999, se firmó la Declaración conjunta sobre la doctrina de la justificación, entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, fruto de un diálogo ecuménico católico-luterano de casi tres décadas, que zanjó las profundas diferencias entre ambas denominaciones que datan desde el 1517. Recordemos que la doctrina de la justificación enarbola alguna de las principales causas doctrinales que propiciaron la separación entre protestantes y católicos, y entre las distintas ramas del protestantismo. De ahí la importancia que reviste este declaración.
En el 2000 el Papa Juan Pablo II pide perdón por los pecados cometidos en las Cruzadas, afirmando que jamás se volvería a repetir este suceso, porque Dios es amor y Jesucristo nos enseña que el Cristianismo debe ser una religión de paz y amor al prójimo.
Su sucesor, el papa Benedicto XVI, en el encuentro interreligioso de oración por la Paz en Asia 2006, afirmó que este evento buscaba la conversión de los corazones a la paz, y no a expresar un sincretismo religioso, por lo que a nadie le es lícito el motivo de la diferencia religiosa como pretexto para una actitud belicosa ante otros seres humanos.
El actual Papa, Francisco, en su primera exhortación apostólica Evangeli Gaudium, se refirió al Evangelio y a la importancia del diálogo interreligioso. Y en varios encuentros interreligiosos ha recordado que las religiones ayudan al mundo a encontrar la paz, no la guerra, por lo que nunca han de ser manipuladas para favorecer conflictos y enfrentamientos.
En febrero del 2016, aprovechando la visita a Cuba del papa Francisco y del patriarca de Moscú y de todas las Rusias Cirilo I de Moscú, se reúnen y firman una Declaración conjunta; en este encuentro histórico ambos líderes se abrazaron después de casi mil años de separación de sus iglesias.
En abril de ese año Francisco y los patriarcas Bartolomé I y Jerónimo II de Atenas, arzobispo de Atenas y de toda Grecia, respectivamente, suscribieron una declaración ecuménica conjunta en la cual manifiestan su preocupación por la trágica situación de los numerosos refugiados demandantes de asilo, que habían llegado a Europa huyendo de situaciones de conflicto en sus países de origen.
El 31 de octubre del 2016, el papa Francisco participó en una ceremonia ecuménica en ocasión de la conmemoración luterano-católica por el quingentésimo aniversario de la Reforma iniciada por Martín Lutero, donde firmó junto a Munib Younan, presidente de la Federación Luterana Mundial, una declaración conjunta, en el marco de su viaje apostólico a Lund (Suecia).
Por otra parte, resulta meritorio significar otras organizaciones que han tenido un alto impacto en el ecumenismo y en el diálogo interreligioso, tal es el caso de:
-El Parlamento Mundial de Religiones o Parlamento de las Religiones del Mundo, creado en Chicago USA en 1893 hasta nuestros días, donde participan todas las religiones o denominaciones existentes actualmente en el mundo, basándose en la idea de la tolerancia, la paz y la convivencia respetuosa, es una organización internacional no gubernamental de diálogo interreligioso y ecuménico.
-La Asociación Internacional para la Libertad Religiosa fundada en 1900, es la organización no gubernamental de ámbito mundial dedicada al diálogo interreligioso, la que está constituida por más de 90 grupos religiosos de diversas confesiones y tradiciones, repartidos en 25 países.
-La Federación Luterana Mundial, es una comunión global de iglesias cristianas de confesión luterana, fundada tras la Segunda Guerra Mundial, en 1947, para coordinar a las numerosas y diversas iglesias luteranas alrededor del mundo; no es una denominación cristiana, y se propone servir a la unidad cristiana en el mundo.
-El Movimiento de los Focolares, creado en la Europa de la postguerra y reconocido por la Iglesia Católica en el 1990, es caracterizado por su vocación al ecumenismo y al diálogo interreligioso, se dedica además a promover la fraternidad universal y el diálogo con otras culturas y religiones no cristianas.
-Y finalmente, la Comunión Anglicana es una afiliación mundial de Iglesias anglicanas en plena comunión con la Iglesia de Inglaterra y específicamente con su primado, el arzobispo de Canterbury; con noventa y ocho millones de miembros, la Comunión anglicana es la tercera comunión cristiana más grande del mundo, tras la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa.
Todo lo antes expuesto ha propiciado que los siguientes temas hayan avanzado, algunos más otros menos, pero se sigue trabajando en ello, a saber: el bautismo, algo que todas las denominaciones cristianas reconocen como necesario, aunque algunos difieren si es el bautizo trinitario, en nombre de Jesús o solo del Espíritu Santo, o si es necesaria o no la inmersión; en cuanto a la eucaristía, la autoridad papal y su infalibilidad pontificia son temas aun sujetos a debate; con respecto a los matrimonios, está el tema de las propuestas poco aceptadas de los igualitarios o entre personas de diferentes denominaciones con respecto al estatus sacramental dentro del catolicismo o las uniones consensuales que impiden comulgar; por otra parte está el divorcio y el aborto donde los debates actuales rebasan las cuestiones de índole moral y de libre albedrío. Entre otros aspectos.
En cuanto a problemas de formulación más moderna, como los de la justicia social, la vida internacional y las libertades cívicas, como es el caso de la libertad de culto, la libertad de enseñanza, la libertad de expresión, entre otros hoy considerados Derechos Humanos, los puntos de vista son similares hasta el extremo de que las distintas Iglesias cristianas han llegado a pronunciarse a través de declaraciones comunes.
Muchos de estos avances eran impensados o utópicos un siglo o unos años atrás, pero la realidad es que las generaciones más jóvenes han tenido un peso importante en el avance del movimiento ecuménico mundial, toda vez que están LIBRES DE PREJUICIOS y QUIEREN EL CAMBIO.
Dentro de todo este proceso encontramos a una de las personas que más ha contribuido a la promoción de la idea del ecumenismo en el siglo XX, especialmente entre los jóvenes, el hermano Roger Schutz, fundador de la ecuménica Comunidad de Taizé.
Por otra parte, después que la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) acordara en fecha 10 de diciembre de 1948 la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DD. HH), se reconoce como tal la libertad de pensamiento, de culto y de asociación, así como también la paz, la vida, entre otros muchos DD. HH.
Por tal virtud hoy podemos hablar libremente de tolerancia religiosa, pluralismo religioso, diálogo interreligioso o intrarreligioso, y diálogo ecuménico. Para lo cual resulta necesario la separación Iglesia-Estado, donde la Iglesia no interviene en los asuntos públicos y el Estado se debe mantener aconfesional o laico, permitiendo la libertad de culto a todos los ciudadanos.
Actualmente, la separación entre la Iglesia y el Estado se encuentra plasmada en la mayoría de las actuales constituciones nacionales, mediante el establecimiento de un Estado laico, constituyendo una tendencia la secularización del Estado.
Todo lo antes expuesto es un trabajo diario y de todos los cristianos, no solo de los líderes, sino particular y especialmente de los laicos, dejando atrás los rencores, sustentados en el AMOR EDIFICANTE y en el PERDÓN SALVÍFICO. Por lo que debemos hacer honor a las enseñanzas de Jesús de amor a Dios y al prójimo (Mc. 12: 29-31), así como hacer LETRA VIVA el PADRENUESTRO (Mt. 6: 9-13; y Lc. 11: 1-4). Es por ello que debemos actuar HOY y AHORA.
Consideraciones finales
Queda mucho por hacer, pero se ha avanzado y no es separados que los cristianos lo lograremos. Las familias JUNTAS resuelven TODO, separados tal vez vayamos más rápido a ningún lugar, pero juntos llegaremos más lejos y seguros para glorificar el Plan Divino. Ya estuvimos mucho tiempo separados, hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol, un tiempo para separarse y un tiempo para abrazarse, es tiempo de UNIRNOS (Ec. 3: 1, 5). Hasta la naturaleza lo hace, y Dios nos habla muchas veces a través de la naturaleza, y no queremos escuchar. Quien tenga oídos que escuche y quien tenga ojos que vea.
Tal vez sea necesario retomar la idea de la Pentarquía para lograr la unidad y gobernabilidad en la futura Iglesia Cristiana Universal, pero sobre una nueva perspectiva como solución viable: Católica Romana, Ortodoxa, Copta, Protestantes (Luteranas y otras) y Anglicana con sus derivaciones separadas. Todas en plena comunión con el Papa como Primus Inter Pares, respetando la diversidad en la unidad.
Debemos retomar esto y dejar a un lado los intereses personales, las disputas cristológicas y los Cismas, que no son de Dios son del diablo, algunas tienen sustentos y otros no, pero aun con sustento separados y dividiendo más el Cristianismo seremos menos creíbles y más vulnerables, y de este modo el Plan de Dios nunca será cumplido, lo cual no nos hace buenos cristianos.
El que continúe actuando de esta manera tendrá todos sus premios en esta vida aunque cumpla la Ley de Dios todos los días, pero Dios jamás estará en su corazón, porque estas actitudes de ansias de poder, de liderazgo personal, de avaricia terrenal y demás decisiones egoístas no son bien vistas a los ojos de Dios, porque son inspiradas por el mal espíritu, por lo que debemos discernir y trabajar por aprender a escuchar y sentir las mociones del buen espíritu para que nos permita cumplir aquello para lo cual fuimos creados y nos lleve a seleccionar de entre dos ideas buenas la mejor (magic ignaciano).
Aprendamos a vivir con nuestras diferencias y centrémonos en lo que nos UNE: el AMOR (a DIOS, a JESUCRISTO y al PRÓJIMO), lo que nos lleva a la supremacía del amor (Mc. 12: 29-31; 1 Cor. 13:13; y 1 Jn. 4: 7-12). Dejemos que el Alfarero nos moldee nuevamente y permitamos que salga una nueva vasija más agradable, ya no fragmentada o sin brillo como la anterior (Jer. 18: 1-10). Evitemos que Dios nos haga la pregunta: ¿Qué has hecho con los talentos y dones que te he dado? Porque no encontraremos una respuesta satisfactoria para darle y nos afectará profundamente, motivo por el cual debemos ser fieles y honestos y actuar en consecuencia (Lc. 16: 10; y Ef. 4: 1-32).
Desafortunadamente todos los cristianos somos hermanos separados. Nuestro amor por Dios y por Jesucristo debe ser más que suficiente para unirnos, perdonarnos y juntos avanzar, más allá de las cuestiones Teológicas o filosóficas, que por más de mil años no han logrado poner de acuerdo a los cristianos, sin darse cuenta de que están siguiendo no a Dios sino al diablo con estas actitudes cismáticas, y es algo que todos juntos debemos revertir para agradar a Dios. Cómo vamos a decir que somos buenos cristianos si no somos capaces de amar verdadera e incondicionalmente a nuestro prójimo, porque ese cristiano separado también es nuestro prójimo y nuestro hermano (Mc. 12: 29-31).
Dejemos de ser una vergüenza para Dios, que ve con dolor y desagrado el destrozo que hemos hecho con la Iglesia que creó Su Hijo. Descontruyamos todo lo que nos separe y nos genere un dolor que impida respirar. Tomemos fuerza desde Dios y con la ayuda de Jesucristo reconstruyamos con amor edificante y perdón salvífico, para que la religión cristiana (Cristianismo) tenga su única Iglesia Universal o Católica, que contribuya al rescate de los hijos de Dios dispersos por el mundo, siendo este el Plan aún inconcluso y mandatado por Dios en las Sagradas Escrituras.
Si los actuales reyes cristianos actuaran como verdaderos cristianos, dejarían de llamarse representantes divinos y permitirían la COMUNIÓN PLENA de sus iglesias con la Iglesia Católica, las que se separaron por diversas causas, justificadas o no, pero que son fruto de las actitudes cismáticas de los hombres, desagradando con este mal proceder a Dios y a Su Hijo Jesucristo, quien en Pentecostés creó la Ekklesia Katholes, que es una, santa, católica y apostólica, que en Roma Pedro ató su núcleo, tanto en la tierra como en el cielo, actuando como vicario mandatado por Jesucristo.
De no hacerse lo debido por todos los reyes cristianos, por todos los líderes religiosos de las distintas denominaciones cristianas ni por todos los cristianos, es decir, si no trabajamos juntos por la UNIDAD o Ecumenismo, habremos tenido nuestra paga en esta vida, así como en el reino de los cielos, y sucederá como el pasaje bíblico del Nuevo Testamento de San Lázaro el pobre leproso (Lc. 16: 19-31), en el cual Jesús nos narra claramente que un rico vivió en abundancia y no escuchó a los Profetas ni vio las señales divinas, y cuando muere quiso ayuda pero fue MUY TARDE, ya nada se pudo hacer por él ni por su familia. Si hacemos lo debido en esta vida tendremos la bienaventuranza por tener un corazón puro y de seguro veremos a Dios (Mt. 5: 8).
Un microscópico virus, con efectos pandémicos de magnitudes planetarias, ha atacado a toda la humanidad, introduciendo una nueva recesión de la economía mundial que no sabemos cómo terminará, y es en momentos como estos cuando reconocemos la fragilidad humana y nos ponemos en las manos de Dios, y es aquí cuando Su verdadero poder se hace manifiesto, nos damos cuenta de que no somos nada sin Él, solo somos una partícula cósmica en un pequeño instante de la eternidad, y que nuestras vidas hoy tendrán un alto impacto en el mañana y en el más allá en la medida que obremos bien, quien hoy coseche riquezas desmedidas a expensas de los demás sin obrar bien, mañana en el Reino de los Cielos no tendrá recompensa y será como el hombre rico en la parábola de San Lázaro el pobre leproso, antes referida.
Ni reyes, ni líderes religiosos ni religiosos, ni laicos, ni ateos, nadie puede eludir o escapar del Gran Poder de Dios, porque TODOS somos sus criaturas, sus hijos; que el simple hecho de que hayamos sido perdonados por la sangre que Cristo derramó por nuestra causa no nos exonera de una vida recta, más bien debe estar llena de buenas obras para agradarle a Él, porque son nuestras obras y no solo nuestra fe la que nos salva, porque una fe sin buenas obras es un árbol sin frutos, y Dios quiere que cada uno de nosotros demos abundantes frutos dulces y que empleemos nuestros talentos en buenas obras (Mt. 25: 14-30; Lc. 19: 11-26; II P. 1: 4-11; y Stg. 1: 4; 2: 14-26).
No seré yo, un simple mortal, quien dirá qué está bien o mal dentro de las iglesias cristianas, pero si queremos verdaderamente agradar a Dios y a Jesucristo, los líderes religiosos y los laicos de las iglesias Católica, Ortodoxa, Copta, Anglicana, Luteranos y demás Protestantes o separadas debemos potenciar el Ecumenismo para reconocernos como seguidores de Jesucristo e hijos de Dios, para con humildad entrar en Comunión con la verdadera Iglesia de Dios creada por Jesucristo en Pentecostés, que Pedro quiso que radicara en Roma su sede central, y una vez en comunión reconocer que el Papa fue, es y será el Primus Inter Pares, para luego restablecer la Pentarquía, que bien funcionó en tiempos antiguos, que puede servir útilmente a los Planes de Dios en la actualidad, evitando las actitudes cismáticas, y de esta manera evitar que el diablo siga obrando en los cristianos de fe endeble y hasta malsanas en algunos casos, cuando debe ser la Palabra de Dios la fuente de agua viva en nuestras vidas, pero algunos insisten en truncarla en beneficio propio para seguir atizando la llama separatista y no debemos permitirlo.
Ciertamente algunos de los hombres que han dirigido la Iglesia Católica hicieron cosas poco agradables a Dios en el pasado y tal vez en tiempos actuales, pero también es cierto que, entre otros, el Papa San Juan Pablo II y el Papa Francisco han trabajado y siguen trabajando para acercarla cada vez más a la Palabra de Dios y a la Sana Doctrina, trabajando por el Ecumenismo, que se traduce en unidad cristiana y en cumplimiento de la Ley de Dios y de los hombres.
Pero que tire alguien la primera piedra si no ha pecado antes, porque NINGUNA de las DENOMINACIONES CRISTIANAS está libre de errores o pecados, tanto en el pasado como en el presente, y de una manera u otra no son fieles cumplidores de la Palabra de Dios, sea en la Sana Doctrina, liturgia, teología, filosofía u otro aspecto, siendo en esto lo que se centran los hermanos cristianos protestantes y otros separados, cuando deberíamos centrarnos TODOS en el AMOR a nuestro Dios y a Jesucristo, y como buenos prójimos debemos tendernos las manos y AMARNOS para permanecer unidos en Dios (Mc. 12: 29-31).
Reitero, estoy seguro que la Iglesia Católica tiene que seguir transformándose para apegarse cada vez más a la Palabra de Dios, como también tienen que hacerlo todas las iglesias protestantes y demás iglesias separadas. Será Dios quien juzgue nuestros actos y más si no trabajamos por la verdadera y necesaria unidad de Su Iglesia.
El Padre Nuestro es una sagrada oración que Jesucristo nos enseñó y nos llama a perdonar, y a no dejarnos caer en las tentaciones (Mt. 6: 9-13; y Lc. 11: 1-4). No es de Dios separarse sino unirse. Comprendo que cuando ocurrieron los Cismas eran otros tiempos y pensar diferente era una herejía, pero hoy es un Derecho Humano, y aunque en cuestiones de fe sea más complicado, reitero que debemos aceptarnos con nuestras diferencias y centrarnos en lo que nos une: el amor a Dios y a Jesucristo.
De que nos sirve esta oración del Padre Nuestro si no nos perdonamos y no hacemos del Cristianismo algo digno de imitar, que sume no que reste y menos que divida. Hagamos esta oración letra viva en nuestras vidas y de seguro brotará ese manantial de agua viva que saciará por siempre nuestra sed (Jn. 4: 10-38).
Repito, esta no es solo tarea de los líderes religiosos sino también y fundamentalmente de TODOS LOS CRISTIANOS. Pero además cómo vamos a llamarnos cristianos y rezar el Padre Nuestro y no vamos a perdonar 70 veces 7 (Mt. 18: 21-22); estamos actuando como los fariseos, quienes hipócritamente se llamaban fieles cumplidores de la Ley mosaica pero que no amaban ni se unían al prójimo (Lc. 10: 25-37; y 18: 10-14). Es hora de unirnos y que la primacía del amor rija nuestras vidas (Mc. 12: 29-31; 1 Cor. 13: 13; y 1 Jn. 4: 7-12). Es por esto que Jesús nos enseñó que aun así debemos ser superiores a los fariseos y escribas, porque aunque no eran buenos samaritanos ni modestos eran fieles cumplidores de la ley, este debe ser el punto de partida (Mt. 5: 20).
El Papa San Juan Pablo II, como entonces VICARIO o representante de Jesucristo, en el 2000 pidió PERDÓN ante el Mundo por los errores de la Iglesia Católica en el pasado, entre otros por las Cruzadas; quien a su vez promovió el concepto de dar espacio al otro y no de dominar espacios; y además se refirió a la necesidad de la globalización de la solidaridad, algo que debemos hacer como parte de nuestras vidas para ser mejores cristianos, haciendo honor a las Parábolas del buen samaritano y las de la trilogía de la misericordia o de la alegría que Jesús nos enseñó, que aparecen en el Evangelio de Lucas y en menor medida en el de Mateo del Nuevo Testamento de la Biblia cristiana, que nos enseñan a ayudar y amar al prójimo, y a alegrarnos ante la recuperación de alguien o algo muy amado perdido y encontrado (Lc. 10: 25-37; 15: 1-32; Mt. 18: 10-14; y Mc. 12: 29-31).
El Papa Francisco, por su parte, nos enseña que debemos decir no a la globalización de la indiferencia, y es la indiferencia o ausencia de sensibilidad lo que hoy muchos cristianos manifiestan ante el Ecumenismo y así no lo lograremos jamás; que nada tiene que ver con ser indiferentes ante las cosas como nos enseña San Ignacio, que se refiere a la libertad de poder elegir, libre de ataduras, lo que más nos conduce al querer de Dios (magis ignaciano), y el buen espíritu nos está dando mociones que desde nuestro interior gritan por la necesidad del Ecumenismo real y efectivo.
De igual manera Francisco alude al término yohabriacreismo como fórmula mágica que nos reinventamos, cuando en verdad deberíamos creer menos y trabajar más en soluciones reales, porque Dios no juzgará lo que sintamos o creamos, sino nuestros actos o nuestras inacciones, y hasta ahora nuestros actos cismáticos son de total desagrado a Sus ojos, por lo que debemos cambiar hoy y ahora si de verdad queremos ser salvos.
Somos únicos especiales e irrepetibles, hechos a Su imagen y semejanza, si Él nos ama incondicionalmente a pesar de nuestros muchos pecados, porqué condicionamos nuestro amor por Él y por Su Hijo, porqué hacemos cosas que desagradan en vez que hacer cosas que agraden, aun y cuando sea más difícil; por lo cual debemos sustentarnos en la premisa de que EN DIOS TODO ES POSIBLE.
Por el camino de la reparación Dios, por amor, puede llevarnos a caminar por caminos difíciles y angostos, a experimentar heridas y espinas dolorosas, pero nunca nos abandonará y son Sus caminos rectos los que nos salvarán y nos llevarán a la vida. Para un creyente, más que una esperanza, es una certeza, nos enseña así nuestro Sumo Pontífice Francisco.
Volver al Cristianismo Primitivo no es la solución, porque ya nada será lo mismo, pero debemos desconstruir esta relación tóxica entre los cristianos de diferentes denominaciones, y reedificar sobre lo que nos une: el amor a Dios y a Jesucristo, para cumplir el Plan de Dios de unir a sus hijos dispersos por el mundo.
El Cristianismo es la religión de mayores adeptos en el mundo, pero también es la mayor decepción dentro del mundo religioso, y debido a esto cada vez más creen menos en ella y por consiguiente en Dios, unido a que se habla de amor al prójimo y solo se visualiza guerra, desamor, ambiciones, divisiones o actitudes cismáticas y otras cosas más que no son de Dios, tributando a que hayan más ateos, inconversos o personas que cambien dentro del Cristianismo o fuera de este hacia otras religiones abrahamánicas u otras. Debemos hacer algo urgente hoy no mañana, so pena de tardío.
Hagamos de la Iglesia de Jesucristo creada en Pentecostés, algo digno de imitar, y que el mundo vea en los cristianos un verdadero amor a Dios, a Jesucristo y al prójimo (Mc. 12: 29-31), personas amantes de la paz y del progreso. Cesen las actitudes cismáticas.
El Cristianismo está abocado a ser como el Supercontinente Novopangea: reunificación futura (Ec. 3: 5). Y quizá, una vez que esto acontezca, es decir, que se logre el Cristianismo Universal, podamos trabajar para la unidad entre todas las religiones abrahamánicas, dentro de las cuales destacan, además, el judaísmo y el islamismo, siendo estas tres las principales religiones del mundo, todo lo cual puede servir de manera más eficaz al Plan de Dios de unir a todos sus hijos dispersos por el mundo.
El Cristianismo y el Judaísmo deben aceptarse tal como dijo el entonces Papa San Pablo II: que “el judaísmo es el hermano mayor del cristianismo”, así como que en el Cristianismo debe perdonarse lo que aconteció con Jesucristo como parte del Plan de Dios, y los judíos comprender que las Sagradas Escrituras hablaron del Mesías y que Jesús de Nazaret fue, es y siempre será ese Mesías o Cristo, que vino a salvar al mundo y a redimir a TODOS los humanos por sus pecados, y que para adorar a Dios no hay que ser judío ni ser circuncidado, sino un ser humano que haciendo uso de su libre albedrío escoge seguir a Dios para adorarlo y alabarlo con obras agradables y con una fe firme, para que una vez unidos el judaísmo y el cristianismo, poder juntos ir a por el Islam, quien es el hermano menor, y como buenos hermanos debemos estar juntos, hoy más que nunca, porque así llegamos más lejos y seguros.
Con esto contribuimos, en gran medida, a la paz y al verdadero amor por el prójimo (Mc. 12: 29-31; y Ec. 3: 1-8). Estas tres religiones adoran al mismo Dios, creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible; el nombre que cada una quiera darle es cuestión de traducción, pero debemos centrarnos en lo que nos une y aprender a aceptarnos en nuestra diversidad, todo lo cual hace del ecumenismo y del diálogo interreligioso una necesaria e insoslayable realidad.
De lograrse esto, de seguro será mucho más fácil lograr la unidad de las religiones monoteístas, luego las teístas, luego las no teístas y quizá finalmente, pudieran sumarse los ateos, y de seguro el Plan de Dios estará cumplido, pues sus hijos ya no estarán dispersos por el mundo, sino juntos amándolo, alabándolo y glorificándolo por todo el mundo.
Existen más religiones que niños felices, sentenció el cantante guatemalteco Ricardo Arjona. Las guerras fratricidas entre religiones a lo largo de la historia han sido hechos bochornosos, que lejos de hablar bien de las religiones han hecho que muchos seres humanos las renieguen, pero una vez más afirmamos que esto no es obra de Dios, el problema del mal y la propensión de los hombres al pecado y a las acciones malsanas, divisionistas y egoístas es entera responsabilidad de cada ser humano, que en su libre albedrío escogen seguir al mal espíritu que los conduce a la destrucción y a la muerte, en un ilusorio ideal de poder y “felicidad”, que lejos de permitirle un avance los estanca.
Por otra parte, la época de anatemizar, declarar herejes, excomulgar, proscribir, excluir y exiliar debe ser suprimida por una sola palabra: AMOR, que nos lleva a la vida, a la PAZ y a la UNIDAD, con esto el camino recto y angosto se nos hace más accesible y el único posible para nuestra verdadera salvación.
Todo lo antes expuesto puede resultar idílico y, tal vez, utópico para algunos que piensan que no solo es imposible sino impensable, pero si lo hacemos lleno de la luz que Dios infunde en nuestros corazones guiados por las enseñanzas de Jesucristo, de seguro que TODO es posible y mucho más si dejamos a Dios al control de TODO, porque no podemos seguir permitiendo que el egoísmo, el individualismo y las actitudes cismáticas rijan nuestras vidas, por lo que debemos retomar que hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo el sol, un tiempo para odiarse y otro para amarse, un tiempo para ir a la guerra y un tiempo para la paz, un tiempo para estar separados y uno para abrazarse, y es tiempo de unirse en el amor edificante y el perdón salvífico que Dios infunde en nuestros corazones (Ec. 3: 1, 3-5, 8), si realmente queremos ser hombres justos y de corazón puro para poder alcanzar la bienaventuranza (Mt. 5: 8, 10).
Por el camino de la reparación, sustentados en el amor edificante y el perdón salvífico debemos encontrar puntos comunes y tender puentes en beneficio de TODOS los CRISTIANOS. Si realmente somos hombres de paz y de buena voluntad, debemos trabajar en descontruir todo lo que nos separe y reconstruir la unidad a partir de una diversidad reconciliada en el diálogo y en el testimonio común, porque sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman. (Ro. 8: 28).
Mahatma Gandhi nos enseñó que “la verdad jamás daña a una causa justa”, y es justo y necesario que todos los cristianos abracemos nuestra fe en verdadera comunión; motivo por el cual todos los cristianos, si queremos ser salvos, debemos trabajar por la UNIDAD, para que se cumpla el Plan de Dios de rescatar a todos Sus hijos dispersos por el mundo y así Jesucristo sentirá verdadero orgullo por sus fieles. Hay un tiempo para todo bajo el sol, es tiempo de UNIRSE!
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