viernes, 15 de mayo de 2020

ISRAEL BÍBLICO, SU INFLUJO EN LA PAZ

Israel es un país que data de los tiempos bíblicos, siglos antes del nacimiento de Jesucristo, el cual se encuentra ubicado geográficamente en la antigua región de Canaán del Levante Mediterráneo, perteneciente al Oriente Próximo, también conocido por Asia Menor u Occidental, cuyo nombre deviene del Patriarca Jacob, hijo del Patriarca Isaac, nieto del primer Patriarca postdiluviano Abraham, toda vez que el nombre Jacob fue cambiado por el ángel con el que luchó, quien al bendecirlo lo llamó Israel, cuya traducción del hebreo antiguo significa “uno que ha luchado con Dios”.

Por primera vez los hebreos son llamados “hijos de Israel” en el Libro del Éxodo del Antiguo Testamento de la Biblia Cristiana, que nace de la Torá, que contiene el Pentateuco, que integra la Tanaj (Biblia hebrea) de la religión judía o Judaísmo, y más adelante, cuando salen de la esclavitud egipcia guidados por el Patriarca Moisés, por mandato de Dios, hacia la Tierra Prometida: Canaán, aproximadamente por el año 1250 del Siglo XIII  a. C., aunque existen algunos autores que alegan que fue hacia el Siglo XV a. C. 

En el propio Libro de Éxodo son llamados por primera vez como “pueblo de Israel” y su gentilicio “israelitas”, y luego de 40 años vagando por el desierto, tiempo en el cual Dios le revela a Moisés en el Monte Sinaí los 10 Mandamientos, se establecen en la Tierra Prometida como un pueblo bajo el mandato de los Jueces y años más tarde se unifican como el Reino de Israel.

Significo que varias de las fechas que aquí se aluden, principalmente las del mundo Antiguo, son imprecisas, toda vez que en oportunidades no existe evidencia histórica sino tradiciones orales prehistóricas, transmitidas de generación en generación, que luego algunas fueron escritas con las consecuentes inexactitudes, amén de que la Biblia no es un libro de Historia sino de fe, aunque indudablemente refiere hechos históricos de valor incalculable. Téngase en cuenta, además, los diferentes calendarios antes existentes: egipcio, hebreo, juliano, gregoriano, entre otros, que complejizan aún más este tema.

Se cree que hacia el año 1´800 del Siglo XVIII a. C. el Patriarca Abraham, con 75 años, proveniente del ancestral pueblo semita, siguiendo el llamado de Dios (YHWH: Yahweh), partió desde la antigua región de Mesopotamia hacia la entonces Canaán, donde estableció su descendencia, convirtiéndose así en el primer hebreo, palabra que significa “el que viene del otro lado”, dando origen a la religión de los hebreos, que siglos más tardes fue acuñada como Judaísmo, en honor a Judá, el cuarto de los doce hijos del Patriarca Jacob, éste también conocido por Israel, que conformaron las 12 Tribus de Israel. 

En sentido territorial Judea es la localidad donde se asentó una de las 12 Tribus hebreas/israelitas, lideradas por Judá, que luego fuera reconocida como el Reino de Judá conformado por 2 de las 12 Tribus. El gentilicio judío fue aplicado por primera vez en el Libro de Ester del Antiguo Testamento, término que luego se equiparó al del pueblo hebrero/israelita. A la región de Israel también se le denomina Sion en el Antiguo Testamento por alegoría con el Monte Sion, lugar donde se erigió por el Rey Salomón el Templo del Rey David en Jerusalén.

Se estima que el nacimiento y evolución del Judaísmo, como religión estructurada, no ya como secta o culto, tal cual era en tiempos de Abraham y su descendencia más cercana, está estrechamente vinculada al de los reinos de Israel y Judá, cuya datación la podemos encontrar en los períodos de la Historia Antigua conocidos como la Edad de Bronce reciente y la Edad de Hierro de Oriente Próximo, hacia los Siglos XIV – XII a. C., entre los años del 1400 – 586 a. C., en fecha imprecisa, cuyo origen se cree que emerge de las antiguas religiones politeístas semíticas y cananeas, con el marcado influjo posterior de otras religiones. 

No cabe dudas que es Abraham, el primer Patriarca postdiluviano, el Padre de la religión judía o Judaísmo, distinguiéndose en ese entonces por su adoración monolástrica, que no podemos confundirlo con el henoteísmo, toda vez que el primero reconocía la existencia de muchas deidades pero solo una era digna de venerar, y en el segundo caso el creyente venera un solo dios sin negar que otros creyentes puedan venerar dioses diferentes de igual validez (El, Elohim, entre otros). 

Se cree que el henoteísmo surgió bajo el reinado del Faraón Akenatón en Egipto con el culto a Atón, hacia el año 1350 del Siglo XIV a. C., que a su muerte fuera proscrito y “borrado de la historia” por los egipcios politeístas, conocido como el primer atisbo histórico de monoteísmo, aunque sin llegar a serlo propiamente.

No olvidemos que éste fue uno de los faraones egipcios que dominó la antigua tierra de Canaán, y no es de dudar que el influjo de su henoteísmo llegó a permear el politeísmo cananeo y la adoración monolástrica abramhánica primigenia, por lo que siglos más tarde los israelitas emergen con el henoteísmo venerando solo a su Dios (YHWH).

Años más tarde le permitió al Judaísmo evolucionar al monoteísmo estricto hacia cerca del Siglo VII, según lo evidencian los siguientes Libros y versículos del Antiguo Testamento: Éxodo: 15:11, 18:11, 20:3, 20:5 y 34:14; y Salmos: 96:4, 97:9 y 136:2); por lo que se presume que fue en la época de los Profetas que el Judaísmo se convirtió en la primera religión monoteísta del mundo. 

Otra tendencia, según la historiografía, hace suponer que con el surgimiento de la escritura y la necesidad de reescribir las tradiciones orales que inicialmente conformaban el Antiguo Testamento, en la primera diáspora de los judíos impuesto por el Imperio Neobabilónico, hacia el Siglo VI a. C., los israelitas exiliados pasan a ser monoteístas, recibiendo influjos del zoroastrismo (mazdeísmo) cuando la dominación del Imperio Persa permitió su retorno a Israel; que luego bajo el dominio grecoromano se helenizó, implicando significativos los influjos sincréticos.

A la salida de Egipto, ya establecidos los israelitas en Canaán, en el año 1030 a. C., los reinos de Israel y Judá, que conformaron las 12 Tribus hebreas, deciden unificarse para enfrentar los ataques constantes de otros reinos, es cuando bajo el reinado de Saúl nace el Reino unificado de Israel, como reconocimiento al pueblo elegido por Dios, que luego, bajo el mandato del Rey David, por su obediencia, se logró su máxima extensión y esplendor, quien indicó la construcción del Templo de Jerusalén para la adoración a Dios, construido por su sucesor e hijo: el Rey Salomón, y a su fallecimiento en el año 928 a. C. se dividió nuevamente en los reinos del Norte (Israel) y del Sur (Judá), propiciando su debilitamiento y continuas incursiones y dominaciones extranjeras. Muchos de los aspectos antes expuestos se encuentran muy bien narrado en el Antiguo Testamento.

El Judaísmo, como religión, se implementó pacíficamente, pero fue creciendo por pugnas tribales o étnico-religiosas, hasta que para enfrentar a otros reinos se convirtió en el reinado unido de Israel y así fue creciendo por sucesivas guerras de conquistas, muchas de las cuales llegan hasta nuestros días, aunque la generalidad de los judíos profesan la necesidad de vivir en armonía y en paz, toda su historia violenta queda reflejada en el Antiguo Testamento y hasta en el Nuevo Testamento contra las enseñanzas de Jesús de Nazaret y sus seguidores, considerado por muchos como el Mesías o el Cristo, por lo que fue llamado Jesucristo, algo que no fue reconocido por la mayoría de los judíos.

Después de su crucifixión a sus seguidores se les llamó por primera vez cristianos en Antioquía, deviniendo de ahí el nombre de la religión cristiana o Cristianismo, en honor a Cristo Jesús, quien anunció que en Pentecostés, hacia el año 33 del Siglo I d. C., iniciarían las actividades de su Iglesia; que en tiempos de Jesucristo era considerada una secta judía, porque Jesús también era judío y nunca estuvo dentro sus pretensiones separarse sino darle pleno cumplimiento a las Sagradas Escrituras y a las palabras de los Profetas, todo lo cual no fue comprendido por la mayoría de los judíos.

La separación de lo que antes era una secta judeocristiana del Judaísmo inevitablemente germina cuando Jesucristo comienza a evangelizar a los gentiles y otros paganos, que luego de su crucifixión se radicaliza por lo que le hicieron los judíos, y finalmente al proclamarse que no era necesaria la circuncisión para poder convertir a los que no eran judíos, quienes no deseaban hacer este acto por considerarlo como algo aberrante y arcaico, llamados prosélitos (gentiles y paganos). 

El verdadero punto de inflexión que propició el cisma fue que el Judaísmo no siguió sus propias profecías ni las Sagradas Escrituras, toda vez que no reconocieron la venida del Mesías o Cristo en la persona de Jesús de Nazaret, ni comprendieron su mensaje salvífico ni el Plan de Dios de unir a sus hijos dispersos por el mundo, y de ahí la necesidad de evangelizar fuera de los judíos, motivo por el cual se sucede la ruptura del Cristianismo con el Judaísmo, algo que NUNCA debió acontecer.

Lo que debió ser un trance normal, natural y espontaneo se volvió en la mayor ignominia y desobediencia del pueblo elegido por Dios, motivo por el cual hasta nuestros días no encuentran lo que Dios les tiene prometido, aunque no los abandona a su suerte, pues es un Dios misericordioso. 

La secta judeocristiana de los orígenes del Cristianismo primitivo, y las antiguas sectas judeomesiánicas no cristianas denotan intentos fallidos de lo que debió significar un tránsito o evolución natural del Judaísmo al Cristianismo, que si hubieran sido bien encaminadas las acciones no se hubieran escindido, ni siglos más tarde se hubiera dado lugar al nacimiento del Islamismo. 

Otros sustentan que el Cristianismo solo fue una rama de las religiones grecorromanas que habían helenizado al Judaísmo, por lo que se afirma que en sus orígenes tal vez haya un marcado sincretismo inevitable, algo que ocurrió en los orígenes de todas las religiones existentes y en muchas se evidencia incluso en su evolución y desarrollo.

Durante siglos los cristianos fueron perseguidos y martirizados por los judíos y por el Imperio Romano, pero esto no impidió el rápido ascenso del Cristianismo como religión pacífica, por lo que por su importancia estratégica en la geopolítica, en el Siglo IV d. C., se decretó como la religión oficial y obligatoria dentro del Imperio Romano, bajo el mandato del Emperador Constantino I, quien lo materializó al convocar el Primer Concilio de Nicea en el año 325 d. C., donde se combate la herejía del arrianismo. 

Fue a partir de aquí que se incrementó su influjo, lo cual le permitió un crecimiento mucho más rápido al que hasta este entonces había experimentado, logrando así la seguridad que nunca antes tuvo, por lo que más tarde se volvería una religión guerrerista e impositiva para mantener sus posiciones en Europa y Oriente, así como en la expansión colonial europea hacia el Nuevo Mundo conquistado y otros lares, algo que con el devenir de los años cesó, aunque existen ciertas sectas cristianas con tendencias belicistas, pero no es la generalidad ni se aceptan sus actos.

El Cristianismo, por su parte, hizo lo suyo al separarse tanto que hoy constituye la mayor vergüenza dentro del mundo religioso, aun y cuando es la de mayores adeptos es también la más dividida, cuyos Cismas datan desde el Siglo III d. C. hasta nuestros días, motivado por cuestiones cristológicas, ideologías, intereses económicos o políticos, y por posiciones teológicas declaradas heréticas o contrarias a los cánones, por lo que sus precursores y seguidores fueron excomulgados, desterrados, exiliados y hasta asesinados, lo cual no implicó su eliminación, pues floreció en otras ramas o sectas cristianas que luego devinieron separadas, tal como lo conocemos actualmente, todo lo cual encontró tierra fértil en el Oriente Próximo.

Lo antes expuesto no solo fracturó al Cristianismo sino que encontró el caldo de cultivo para el surgimiento del Islamismo, que si no se hubieran tratado inadecuadamente estos temas, pensando que “extirparían el mal de raíz”, hoy no existiría el Islamismo, y el Cristianismo sería mucho más profuso en todo el mundo, quizá hasta se hubieran aliado el Judaísmo y el Cristianismo, que ineluctablemente debe acontecer para encontrar la paz, lo cual propiciará que el Islamismo se sume por transitividad.

El sirio Bahira, Monje cristiano Nestoriano, del gnosticismo, iconoclasta, declarado hereje por su postura de no reconocer la divinidad de Jesús, a quien solo reconocen como el Cristo o Mesías, reconoce en Mahona el profeta que esperaban, por lo que lo adoctrinó y nace así el Islam (sumisión a la voluntad de Dios) o Islamismo, siendo el primer musulmán en el siglo VII, año 610 dC, o algunas versiones en el siglo VI, año 579 dC. en la Meca,  
llamándose a sus seguidores musulmanes, cuyos preceptos están contenidos en el Corán (Biblia musulmana), que parte de las Sagradas Escrituras del Judaísmo, cuyos sustentos teológicos provienen de algunos pensamientos teológicos que durante siglos sembraron actitudes cismáticas dentro del Cristianismo, algunos de los cuales fueron declarados heréticos, dentro de los cuales destacan el arrianismo, el nestorianismo, entre otros, como el abandono a la idolatría, sustentados en los preceptos de los iconoclastas en contraposición a la iconodulia. 

El Islamismo desde sus orígenes se extendió por imposición militar por las guerras de conquistas del Profeta Mahoma, lo que continuaron sus seguidores después de su muerte, y los pueblos sojuzgados muchas veces no tenían de otra que convertirse al Islam; sin embargo no se puede absolutizar en el sentido de que todos los pueblos que se islamizaron fueron por la vía de la fuerza, toda vez que está demostrado que muchos pueblos lo vieron como una necesidad histórica de unidad étnica para evitar otras invasiones y porque suponía una mejora económica. Aun cuando en la actualidad la gran mayoría de los musulmanes profesan el pacifismo, existe un número significativo que siguen las tendencias beligerantes.

Es entonces cuando se completa el cuadro geopolítico y religioso de la zona territorial del Israel bíblico, una de las más importantes del entonces “mundo conocido”, que une a tres Continentes (Europa, África y Asia), y que se volvería aún más inestable, ya no solamente por cuestiones políticas, militares, económicas o étnicas, sino por la pugna del dominio de las tres religiones más importantes del mundo antiguo y que lo siguen siendo hasta nuestros días, por demás hermanas al provenir del Patriarca Abraham, de ahí que se denominen religiones abrahamánicas o del Libro, porque sustentan todas sus enseñanzas y preceptos en sus biblias, cuyo origen encuentran estas tres religiones hermanas en la Torá, que complementa la Tanaj hebrea.

Con el devenir de los años sucesivos estas tres religiones comenzaron a querer imponerse como dominante, y cada una reclamó como suya la Tierra Santa: Jerusalén, todo lo cual trajo sucesivas oleadas de guerras de conquistas o “guerras santas” entre estas tres religiones abrahamánicas hermanas, pero también dentro de ellas mismas, toda vez que el sectarismo y las actitudes cismáticas de algunos de sus seguidores propiciaron rupturas, que incluso hasta la fecha encontramos sus vestigios.

Lo antes expuesto colocó hasta nuestros días al Asia Occidental en una de las zonas más inestable del mundo, convirtiendo la esencia pacifista y de amor al prójimo que estas tres religiones hermanas profesan en un ideal, más no en una realidad totalmente palpable, atizado por la intolerancia religiosa que las ha caracterizado históricamente, que en los últimos años se ha trabajado en un diálogo interreligioso y ecuménico, que en lo profundo no logran conciliar del todo, lo que demuestra que es algo que debe ser resuelto desde plano religioso, para que la paz y la unidad, que tanto propugnan, realmente acontezcan y sea agradable a Dios, contribuyendo así a Su Plan divino de unir a Sus hijos dispersos por el mundo.

Por lo que deberán trabajar mucho en la tolerancia religiosa, tomando como premisas que en todas, en sus orígenes, hubo su poco de sincretismo, pero a la hora del diálogo interreligioso para la búsqueda de cooperación entre estas tres religiones hermanas ninguna da su brazo a torcer y es como si se trancara el juego de dominó, solo que aquí nadie gana, por el contrario los perjuicios son mayores diariamente. 

El análisis del ecumenismo o restauración de la unidad de los cristianos será objeto de otros apuntes, por lo que no ahondaremos en este particular por el momento, toda vez que harían aún más extensos estos análisis.

Dentro de los logros del diálogo interreligioso que a nivel internacional se han aprobado, podemos significar la aprobación de: el Parlamento Mundial de Religiones (1893); la Asociación Internacional para la Libertad Religiosa (1900); el Movimiento de los Focolares, (1943); y el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso, como fruto de la declaración Nostra Aeate (en latín: Nuestro tiempo) del Concilio Vaticano II (1959 – 1965); estas dos últimas son iniciativas pertenecientes a la Iglesia Católica. 

Lo antes expuesto evidencia que los seres humanos han comprendido la necesidad de la tolerancia y del pluralismo religioso, que constituyen Derechos Humanos proclamados en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, aprobada por la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Significo que libertad de expresión no alude, en modo alguno, atacar las creencias religiosas preestablecidas con una filosofía y teología sólidamente elaboradas, ni menos aún se puede confundir que la libertad religiosa o de credo significa que se sigan potenciando las actitudes cismáticas, que devienen en nuevas sectas, que encubren intereses económicos más que religiosos.

Después de la postguerra, al conocerse los horrores del Holocausto, algunos sacerdotes, teólogos y laicos católicos promovieron la revisión del tratamiento teológico que la Iglesia daba al Judaísmo, como reacción al antisemitismo nazi considerado como genocidio, cuyo origen se encontraba en el antijudaísmo cristiano y su “enseñanza del desprecio” hacia los judíos; por lo que en 1947 se celebró la Conferencia de Seelisberg, de la que salieron varias propuestas, dentro de las que destaca la revisión de la doctrina católica respecto del judaísmo, donde recordaron que el Antiguo Testamento es el tronco común del Cristianismo y del Judaísmo, y se enfatizó que Jesús, la Virgen María y los apóstoles eran judíos. 

En tal virtud se concluyó que no podía responsabilizarse de la muerte de Jesucristo a los judíos, pues fue algo que aparece profetizado en las Sagradas Escrituras y formaba parte del Plan salvífico de Dios a causa de la humanidad entera, rechazándose la idea de que el pueblo judío estuviera maldito y fuera condenado por Dios al sufrimiento. En 1959, bajo el pontificado de Juan XXIII, lo antes expuesto se lleva a su máxima expresión, indicándose eliminar la referencia a los “pérfidos judíos” de la liturgia del Viernes Santo.

El Papa Juan XXIII, en el marco del Concilio Vaticano II, encargó el tratamiento del tema de normalizar la relación de la Iglesia Católica con el Judaísmo, por lo que se confeccionó la declaración Nostra Aetate, calificado como uno de los documentos señeros del Concilio, que incluye algunas de las reformas más trascendentales, cuyo contenido trata sobre la restauración de la unidad entre los cristianos (ecumenismo) y las relaciones de la Iglesia Católica con las religiones no cristianas (diálogo interreligioso), estableció bases nuevas en las relaciones de los católicos con los judíos, los musulmanes, los budistas, los hindúes y demás creyentes de otras religiones no cristianas.

El Papa Francisco en su primera exhortación apostólica Evangelii Gaudium, aludió al Evangelio y a la importancia del diálogo interreligioso, y en varios encuentros interreligiosos ha recordado que las religiones ayudan al mundo a encontrar la paz no la guerra, por lo que nunca han de ser manipuladas para favorecer conflictos y enfrentamientos.

Estos conflictos étnicos-religiosos y geoestratégicos hay que entenderlos desde sus raíces para poder trabajarlos y encontrar el punto en común, y sobre esta base lograr acuerdos viables que permitan la unidad entre estas tres religiones hermanas abrahamánicas, separadas por teologías y guerras fratricidas ancestrales, que si se complementaran más entre ellas y se comprendieran mejor las Sagradas Escrituras, que no es más que la palabra revelada de Dios, todo tributaría mucho mejor a la unidad entre estas y con ello contribuiría a la Paz Mundial. 

La violencia religiosa es algo fuera de discusión, porque no es la voluntad de Dios, aun y cuando vemos muchas instigaciones “divinas” a la guerra y al exterminio étnico en el Antiguo Testamento cristiano o en la Torá de los judíos, también tomado como patrón por los musulmanes, pero no es parte del Plan de Dios, son los hombres con su propensión al mal los que han distorsionado Su Palabra, la cual es mucho más clara en el Nuevo Testamento de la Biblia Cristiana, toda vez que Su Hijo unigénito: Jesús, el Cristo o Mesías, nos enseña que hay que perdonar 70 veces 7, que debemos amar al prójimo como a uno mismo, y cuando nos enseñó el Padre Nuestro nos legó que debemos perdonar a los que nos ofenden y no caer en tentaciones, por lo que todo Su mensaje es sustentado en la PAZ, que se materializa en el Sermón de la Montaña, en el cual Jesús nos enseña la no violencia y el amor a los enemigos, transmitiéndonos así el verdadero mensaje de Su Padre amoroso y misericordioso.

Es por esto que muchos detractores de las religiones afirman que la violencia es una consecuencia casi inevitable de la irracionalidad de los preceptos religiosos y la posesión de la verdad, y otros lo llaman el opio de los pueblos, algo que hemos analizado en otros apuntes con anterioridad.

El fanatismo religioso y todo lo que ello trae aparejado es aprovechado por los señores de la guerra, muchas veces agnósticos, para sus fines políticos, militares y otros intereses económicos, encubiertos con ideales religiosos; de ahí la expresión de que “religión y política son dos caras de la misma moneda”, ideal que debemos juntos descontruir para el bien de la humanidad y la paz mundial.

Es por esto que los ateos atacan al Judaísmo y al Cristianismo alegando que hoy se consuelan mutuamente pensando que el Islamismo es la única religión violenta, tildándonos de amnesia al desconocer intencionalmente su pasado violento: inquisición, guerras santas o guerras de religión, cruzadas, antisemitismo, sionismo, yihadismo, proselitismo, radicalismo religioso, violencia sectaria, cacería de brujas y magos, la homofobia, el maltrato contra la mujer, la lucha contra el aborto, la idolatría, herejía, extremismo religioso, persecución de los paganos, entre otros. Todo lo cual denota lo necesario de la pronunciación del Papa San Juan Pablo II en el 2000, cuando públicamente pidió perdón por los pecados cometidos en el pasado por, la iglesia que dignamente representó, afirmando que jamás se volverían a repetir.

Además de las tres religiones abrahamánicas tradicionales existen otras religiones con historias o tradiciones violentas, como por ejemplo: Budismo, Hinduismo, Mormonismo, Sijismo, entre otras, quienes han impedido que el Cristianismo se generalice por sus territorios; por lo que teniendo en cuenta que el tema de nuestro análisis reflexivo se centra en el Israel Bíblico y por transitividad en las tres religiones que más impactan negativamente al sostenimiento de la paz en esta región, en estos apuntes quedan descartadas estas otras.

Para conocer la verdad de la belicosidad de esta región, además de todo lo antes referido, debemos remontarnos al estudio de la Historia Antigua y a la lectura del Antiguo y Nuevo Testamento, donde se narran la ascensión y declive del Reino de Israel, así como las continuas ocupaciones que sufrió el pueblo de Israel por varios imperios, dentro de los cuales destacan los imperios más grandes del mundo antiguo: el Greco-Macedónico y el Romano, y que años más tarde, cada uno en su tiempo, cambiaron el nombre de Israel por el de Palestina, para sojuzgar rebeliones y humillar a los judíos; algo que veremos más adelante con mayor detenimiento.

Apuntes históricos necesarios sobre Israel bíblico

La tierra que hoy ocupan Israel y los territorios Palestinos, antes conocida como el reino unificado de Israel, según como se describe en la Biblia, ha estado habitada y disputada desde los albores de la civilización; se estima que los primeros humanos y sus presuntos antepasados estuvieron en esta zona hace unos 2 millones de años atrás. 

Un poco más acá, entre el 10´000 y el 8´000 a. C., en la cercana Mesopotamia, perteneciente a parte de la extensión territorial conocida por Creciente Fértil, se comienzan a asentar los primeros hombres antiguos, quienes se fueron desplazando hasta lo que antiguamente se conocía por Canaán, nombre que deviene del nieto de Noé, toda vez que la historiografía define que la mayoría de estos primeros pobladores eran de origen semítico, descendientes de Sem, hijo mayor de Noé, el último Patriarca prediluviano, cuya cadena genealógica de sus predecesores la conocemos por los pasajes bíblicos.
Por otra parte, su situación geoestratégica, que entrelaza tres continentes, y sus recursos naturales: hídricos, petrolíferos, entre otros, son motivos adicionales para ser objeto de varias incursiones imperiales de reinos antiguos y modernos,  que más adelante relacionaremos cronológicamente para mejor ilustración.

Durante el III milenio a. C., la zona de Canaán estuvo ocupada por tribus seminómadas de pastores. A finales del II milenio a. C. surgieron centros urbanos y, por algunos papiros egipcios, se sabe que los Faraones tenían gran interés e influencia en la zona. Alrededor del 1´800 a. C. se cree que el Patriarca Abraham condujo a su tribu nómada desde Mesopotamia hasta una tierra que la Biblia llama Canaán, la tierra prometida por Dios.

La Historia de los hebreos/israelitas en la tierra de Canaán/Israel, según como hemos expuesto con anterioridad, comienza con los hijos de Jacob/Israel, que por la sequía y las malas cosechas las 12 Tribus de Israel, descendientes de Jacob, se vieron forzados a trasladarse a Egipto, por lo que sus descendientes fueron esclavizados por un Faraón egipcio, y 400 años más tarde fueron liberados por Moisés y conducidos de vuelta a la tierra de Canaán/Israel hacia el 1250 a. C., lo que bíblicamente se conoció como el Éxodo de los israelitas de Egipto a la Tierra Prometida, dando lugar a la consolidación identitaria de los israelitas como pueblo.

Los problemas con los cananeos y filisteos forzaron a los israelitas a abandonar su flexible sistema tribal y a unificarse para enfrentarlos, gracias al rey Saúl; todo lo cual fue llevado a su máximo esplendor con los reyes David y posteriormente con su hijo Salomón, quienes mantuvieron unificado todo el reino de Israel y Judá.

Luego de la muerte del Rey Salomón, por el año 928 a. C., se separa el reino de Israel, el Sur (denominado reino de Judá) se queda en manos de Roboam, uno de los hijos de Salomón, con el apoyo de 2 de las 12 Tribus (Judá y Benjamín), y el Norte (denominado reino de Israel) en manos de uno de los seguidores de Salomón: Jeroboam I, con el apoyo de las restantes 10 Tribus, quedando así dividido, definitivamente, lo que un día fue un gran reino agradable a los ojos de Dios.

El norteño Reino de Israel, que comprendía ahora solo Samaria y Galilea, posteriormente, hacia 720 a. C., después de dos siglos, fue sojuzgado por el dominio del Imperio Neoasirio, por lo que el Reino del Norte y las 10 tribus que lo habitaban se perdieron para siempre, toda vez que los israelitas deportados, exiliados o en la diáspora se mezclaron y diluyeron entre la población asiria, llamándoseles en adelante las diez tribus perdidas. 

El Imperio Neoasirio colapsó a fines del Siglo VII a. C. por varias invasiones conjuntas. Entre el 612 y el 559 a. C. Asiria fue dividida entre el Imperio Medo al este y el Imperio Neobabilonio al oeste. Años más tarde, en el 539 a. C., ambas partes fueron incorporadas al Imperio Aqueménida o Persa.

El Reino de Judá o Israel del Sur existió como Estado independiente durante 344 años, es decir, hasta el año 586 a. C., cuando fue conquistado por el Imperio Neobabilónico (586-539 a. C.), quienes destruyen el primer Templo de Jerusalén, y decretan el exilio o diáspora de los judíos o pueblo de Israel del Sur hacia Babilonia, lo que, a diferencia de las otras 10 Tribus del Norte, no se mezclaron y mantuvieron su estirpe, según como veremos más adelante.

Incursiones militares y de dominación en Israel

Como hemos expuesto con anterioridad, la tierra de Canaán, luego conocida por Israel, fue dominada por varias potencias extranjeras, tanto en la antigüedad como en la era moderna, comenzando por los Faraones egipcios hasta llegar a la dominación por el Imperio Británico.

Una de las dominaciones más importantes, por lo que significó para lo que quedaba del pueblo de Israel, fue la del Imperio Persa o Aqueménida o Zoroastriano (559-330 a. C.), cuya expansión territorial comenzó durante el reinado de Ciro II El Grande, quien en el año 539 a. C. derrota al Imperio Babilónico, lo que trajo como consecuencia que años más tarde, en el 537 a. C., se pusiera fin a la diáspora de 47 años, permitiendo el retorno de los judíos de Babilonia a su tierra natal: Israel (Sion), y que en el Siglo VI a. C. el Imperio Persa les permitió a los judíos que fuera reconstruido el Segundo Templo de Jerusalén. 

Es mérito significar que lo que un día fue el reino unido de Israel bíblico no sería más, toda vez que el entonces reino del Norte siguió ocupado por pobladores de varias naciones sin identidad lingüística ni cultural bajo dominio del Imperio Persa en los años subsiguientes, al igual que las tierras de Judea (Israel del Sur), con la diferencia que estaba ocupada por los judíos que retornaron de la diáspora, a quienes se les permitió sus tradiciones y religión.

En el 330 a. C. el Rey Darío III fue vencido por el conquistador Alejandro el Grande (Alejandro Magno), finalizando así este gran imperio, dando origen al Imperio greco-macedónico; algunos historiadores aluden que esto ocurrió hacia el 333, pero como antes expusimos es normal las imprecisiones de datación en estos tiempos antiguos.

Las tierras del Israel bíblico fueron gobernadas por el Imperio Griego-Macedónico  fundado por el legendario Alejandro Magno, que rigió su dominación imperial en estas tierras hacia el 332-167 a. C. Después de su muerte, y la división del imperio de Alejandro de entre sus generales, el reino seléucida se formó, iniciándose la era helenística. 

Fue en esta etapa cuando se escribió la Septuaginta o lo que es lo mismo la Biblia Griega escrita por los 70. En este período también fueron sofocadas varias revueltas judías y se borró por primera vez el nombre de Israel y en su lugar se impuso el de Palestina, comenzando así la ignominia histórica que llega hasta nuestros días y es fruto de grandes conflagraciones, según como explicaremos más tarde. 

Mérito significar que lo que un día fue el reino del Norte (Israel) se mantuvo en el mandato griego ocupado por los llamados palestinos, que nunca fueron una nación ni un pueblo, sino más bien pobladores de varias naciones, sin identidad lingüística ni cultural, toda vez que las 10 Tribus del Norte se perdieron, a diferencia de los ocupantes del reino del Sur (Judá), que si eran judíos o israelitas, a quienes como antes expusimos los persas les permitieron su retorno de la diáspora desde Babilonia y mantuvieron sus tradiciones.

Un deterioro de las relaciones entre los judíos helénicos y judíos rabínicos, llevó al rey seléucida Antíoco IV Epífanes a imponer decretos que prohíben determinados ritos religiosos y tradiciones judías. En consecuencia, los judíos ortodoxos se rebelaron bajo el liderazgo de la familia hasmonea, también conocido como Macabeos, dando origen así al Reino Asmoneo (167-37 a. C.).

Luego irrumpe en la historia la dominación romana, del 37 a. C. al 324 d. C., del Siglo I a. C. hasta el IV d. C., que mantuvo sojuzgada la Tierra de Israel del Sur (Reino de Judá) y la llamada Palestina por los griegos, coincidiendo con la vida de Jesucristo, por lo que todo el antiguo territorio de la nación del Israel bíblico quedó bajo dominio del Imperio Romano. 

En el año 70 del Siglo I d. C., el general romano Tito, sofoca una tercera rebelión judía, y destruye, una vez más, el Templo de Jerusalén, del cual queda hasta nuestros días un muro: el llamado “muro de las lamentaciones”, y provoca, una vez más, la expulsión del pueblo judío de las tierras que ellos consideran sagradas, por lo que se inicia así la segunda diáspora (dispersión) de los judíos. 

El emperador romano Adriano se dispuso barrer con la identidad de Israel (Judá-Judea), y como consecuencia, retomó el nombre de Palastina imponiéndolo en toda la tierra de Israel bíblico (el Norte y el Sur), anexándola al Imperio Romano como una provincia más, denominada Syria Palestina, todo lo cual llevó la ignominia a su máxima expresión. Por lo que el solo nombre Palestina es una aberración histórica para los descendientes de las 12 Tribus de Israel, herederos de Abraham, Isaac y Jacob, dentro de los cuales también se encuentran los que siguieron habitando en este denominado territorio de Palestina.

El Imperio Romano, con el tiempo, por los constantes ataques, luchas internas y debilitamiento económico y político, se fue subdividiendo en Occidente, Oriente y Germano (Central), pero este último no tuvo influencia directa en esta zona a no ser por medio de las Cruzadas que más adelante veremos. 

Con el Imperio Bizantino, también denominado Imperio Romano de Oriente (324-638 d. C.) comienza una nueva dominación extranjera sobre el pueblo de Israel, que aun y cuando lo analizamos cronológicamente aparte, pertenece al propio Imperio Romano. Bajo el reinado de Constantino I, Emperador Romano de Oriente, en el Siglo IV se oficializa y se impone como obligatorio el Cristianismo como religión en todo el Imperio Romano, y se extiende la cristianización entre los llamados palestinos y llega a existir una Iglesia Palestina. Conviven con judíos y arameos, se cree que de igual manera con algunos griegos y romanos que echaron raíces por estos lares.

En el año 638 d. C. del Siglo VII d. C., tras debilitarse el Imperio Romano, un califa árabe-musulmán arrebató Palastina (Palestina) de las manos del Imperio Bizantino, integrándola al dominio árabe, dando inicio así a lo que se conoció en ese entonces como el Imperio árabe islámico (638-1099 d. C.). 

Los árabes, quienes no tenían nombre para calificar la región, tomaron el nombre grecorromano de Palestina, y lo pronunciaban “Falastin” (Palastina). Estos habitantes palestinos no llegaron a ser una nación o Estado independiente ni tampoco lograron desarrollar una sociedad o cultura claras, toda vez que a la llegada de los musulmanes comienza la islamización progresiva, el árabe sustituye al griego y arameo como idioma de los palestinos, y se fue imponiendo la religión islámica y la cultura árabe, sin que podamos decir que de manera oficial se haya prohibido otras religiones, pero si fue algo que en la práctica fue aconteciendo, al punto que los cristianos se vieron afectados.

Por tal virtud, los Cruzados, dentro de los cuales destacan los Caballeros Templarios, por órdenes de los sumos pontífices de entonces, intentan recuperar su Tierra Santa para el Cristianismo. A pesar de sucesivas oleadas o incursiones militares Palestina continuó bajo influencia musulmana, aunque de diferentes orígenes, sin embargo no volvió a estar bajo el dominio árabe después de 1099, toda vez que desde entonces rigió el reinado de los Cristianos Cruzados hasta el 1260 d. C., el cual llegó a ser políticamente independiente, sin desarrollar nunca una identidad nacional propia. La región permaneció como puesto militar de la Europa cristiana durante al menos 100 años.

Los Mamelucos, mezcla étnica de guerreros y esclavos centrados en Egipto, arrebatan Palestina a los Cruzados en el 1260 hasta 1517 d. C., en este período Palestina fue anexada a Siria como provincia sujeta primero a los Mamelucos.

Luego irrumpe en la Historia el Imperio Turco Otomano, que con sus ansias expansionistas ocupó los territorios de la entonces nación de Israel bíblico, luego llamada Palestina por griegos y romanos, la que quedó bajo su dominación desde el 1517 hasta el 1917 d. C., del Siglo XVI hasta el Siglo XX d. C.

Con la Primera Guerra Mundial emergen nuevas potencias mundiales, y tras la desaparición del Imperio Otomano al final de la Primera Guerra Mundial, el Territorio de Palestina es administrado por el Reino Unido de Gran Bretaña, con el objetivo de que fuera regida temporalmente por mandato de la entonces Liga de las Naciones, predecesora de lo que hoy es la Organización de las Naciones Unidas (ONU), cuyo mandato Británico se extendió desde el 1917 hasta el 1948. Luego de casi dos milenios, a los judíos de la diáspora se les permite el retorno y comienzan a volver poco a poco a su antigua Israel, en ese entonces llamada Tierra Palestina desde los tiempos de la dominación Romana, que hacia el año 1920 fue denominada Trans-Jordania por los británicos.

Los palestinos, en este entonces árabes musulmanes, se rebelan varias veces contra el dominio británico por permitir la inmigración de judíos y la venta de territorio árabe a los israelíes. Los judíos presionan para que se funde el Estado de Israel en lo que antes era Palestina, que mucho antes fue el Reino unificado de Israel, según como se expresa en la Biblia. En 1947 la ONU admite la partición del territorio en dos mitades: una para los árabes palestinos y otra para los judíos.

En 1948 los judíos declaran el nacimiento del Estado de Israel, por lo que la Liga árabe responde declarándoles la guerra, y luego de varios meses de conflicto, los palestinos quedan recluidos en dos territorios: Cisjordania (interior) y la franja de Gaza (costera), motivo por el cual acontecen guerras entre judíos y árabes; una vez más el Judaísmo  y el Islamismo en pugnas, saliendo victoriosos los judíos, quienes toman más territorio como los altos del Golán, junto a Siria, recuperando así territorios ancestrales del Israel bíblico.

En 1974, la Asamblea General de la ONU reconoció a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como representante del llamado pueblo palestino, que legal ni históricamente es tal según como más adelante se explicará, otorgándole la condición de observadora. 

En el 1994 se estableció la Autoridad Nacional Palestina (ANP), como resultado de los Acuerdos de Oslo, firmados entre el Estado de Israel y la OLP; esta entidad jurídico-política fue diseñada con la idea de que tuviera una autonomía transitoria, por lo que se le confirió cierto reconocimiento internacional como institución representativa del pueblo palestino.

En 1988 la OLP aprueba la Declaración de Independencia de Palestina, proclamándose unilateral e ilegalmente el Estado de Palestina, que inicialmente no fue reconocido por la ONU, pero sí por numerosos países, y en 2012, en la Asamblea General de la ONU, 130 países aprueban a Palestina el estatus de “Estado observador no miembro”, pero entre ellos no están EE.UU. ni Israel, quienes solo reconocen oficialmente la ANP, que dirige políticamente los Territorios Palestinos de Gaza y Cisjordania.

Historia del nombre Palestina

No existe acuerdo en cuanto al origen de esta palabra, pero la historiografía casi concuerda que el término Palestina deviene de los Filisteos, uno de los antiguos pueblos asentados en la costa sur del Levante Mediterráneo del ancestral territorio de Canaán. Los documentos más antiguos que hacen alusión a los filisteos provienen del Egipto Antiguo, donde se mencionan en papiros antiguos a los parusata, que transcrito convencionalmente se escribe como paleset.

Sabemos que el nombre Palestina nos viene del latín Palaestina, que era como los romanos llamaban a esta provincia, el cual se tomó del griego Palaistine o tierra de los filisteos, de aquí en adelante las investigaciones históricas del origen del término no están tan claras; sin embargo se cree que filisteo deriva del hebreo antiguo peleshet o paleset (emigrante) o phlishtim (invasor) o del griego antiguo palaites (luchador), todo lo cual deriva en Filistiun o Filistina, convertido al inglés como “Philistine o Philistia” y que en castellano se pronuncia “Palestina”, también llamados “Gente o Pueblos del Mar”, término que se emplea en el Antiguo Testamento de la Biblia.

Se cree que este término comenzó a utilizarse en el Bronce reciente hacia el Siglo XIII a. C., para denominar a aquellos emigrantes provenientes de la zona del Mar Egeo y las Islas griegas, quienes se asentaron en la costa sureña de Canaán y dos siglos después ya dominaban la zona de la franja costera del sur Levante Mediterráneo, más al norte se encontraba Fenicia quien a su vez colindaba con la franja costera del sur de Siria. Allí los Filisteos establecieron cinco polis-estados independientes, incluyendo Gaza. 

Otra teoría afirma que el nombre Palestina deriva de la región iliria de Palaeste, cuyos habitantes se habrían llamado palaestini, que si tenemos en cuenta que los filisteos son oriundos de algunas de las islas griegas e iliria fue dominada en algún momento por los griegos antiguos, es de esperar que algunos de sus nombres sean replicados en otros territorios ocupados, y existe la posibilidad de que alguno de sus pobladores haya emigrado hacia la costa sur de Canaán.

Desde el principio el Reino de los filisteos y el de los hebreos/israelitas se enfrentaron por las mismas tierras, por lo que se afirma que ya desde antes los fenicios habían adoptado la antigua lengua semítica de los hebreos, imperante entre los cananeos. 

Existen varios pasajes del Antiguo Testamento de la Biblia dedicados a describir estas luchas, y la más famosa es la de David (judío) y Goliat (jefe de los filisteos), donde David derrotó al gigante Goliat con una pedrada de su honda. Se estima que hacia el Siglo II a. C. los filisteos fueron dominados por los reyes judíos/israelitas, quienes más tarde fueron dominados por asirios, babilonios, persas, griegos, romanos y muchos otros a lo largo de los siglos, según como hemos visto con anterioridad. 

De la simple visualización de los mapas antiguos podemos constatar que jamás los filisteos ocuparon los territorios de Israel bíblico, más bien los israelitas ocuparon sus territorios, y solo fue con las dominaciones grecorromanas que se les impuso el nombre de Palestina a la Tierra de Israel bíblico para sofocar revueltas judías; incluso podemos afirmar que los cananitas nunca lograron integrarse en un solo Estado, esta región solo se conoció como un Estado organizado bajo el Reino unido de Israel, bajo el mandato de los reyes Saúl, David y Salomón. 

Por lo que a todas luces se evidencia que el reclamo de la Palestina no se sustenta ni histórica ni geográficamente, menos aún cultural, lingüística ni religiosamente.

Los Filisteos, como nos ha quedado claro con anterioridad, no eran árabes, ni semitas (hebreos/israelitas/judíos), y no tuvieron conexión lingüística, étnica o histórica con Arabia ni con los árabes. El nombre “Falastin” (Filisteo) aplicado hoy por los árabes para denominar “Palestina” no es un nombre de origen árabe, es sólo la pronunciación que los árabes, hacen de la “Palastina” grecorromana. 

Los árabes para defender el Estado árabe de Palestina afirman que es el supuesto nombre ancestral de su nación, aun cuando ni siquiera podían correctamente pronunciarlo y lo modificaron a “Falastin”, lo que denota que la base del conflicto es geopolítico y étnico-religioso.

Finalmente, desde la Historia Antigua hasta la actualidad, el pueblo de Israel ha sido el único que ha poseído una nación con un Estado soberano y unido que alguna vez haya existido en gran parte de la región antes conocida por Canaán; por lo que la llamada “Palestina”, que sabemos fue una imposición grecorromana, no existía como nación ni como pueblo, como tampoco lo fue la Trans-Jordania británica, por lo que estas no lograron una identidad lingüística ni cultural propia, a no ser la impuesta desde la dominación árabe musulmán.

Es por todo lo antes expuesto que nos preguntamos por qué debemos seguir empleando el nombre Palestina que no responde a un origen histórico natural, sino fruto de imposiciones imperiales alejado de los reales intereses de los pueblos originarios antiguos de Tierra Santa, elegida por Dios para Su pueblo, creado solo para humillar y borrar al pueblo elegido por Dios (los judíos o israelitas), a quienes Dios les entregó la Tierra Prometida de Canaán, luego llamada Israel, transgrediéndose con esto las Sagradas Escrituras que aluden al Reino unificado de Israel como la voluntad de Dios, todo lo cual es hoy germen para interminables guerras fratricidas que irradian a toda la zona del Medio Oriente, y no es este el Plan de Dios.

Para mejor ilustración de lo que hemos tratado de hacer comprender, expongo ejemplos similares, tal cual ocurrió con los pueblos y territorios de Polonia y Ucrania, dominados y sus territorios particionados o fragmentados por grandes Imperios, dentro de los cuales destacan el Austro-Húngaro, Pruso (Germano) y Ruso, para el caso del primer país, y para el segundo país dominado por el primer y último imperio antes aludido; y sin ser pueblos elegidos por Dios, ni ser la Tierra Prometida por Dios a su pueblo, ni aparecer en un libro considerado la Palabra revelada de Dios, tal cual acontece con Israel en la Biblia, con el devenir de los años se han respetado y han vuelto a resurgir como nación en toda su extensión, algo que en algún momento deberá acontecer con el pueblo y territorio del Israel bíblico unificado, si en verdad somos hombres de justicia que anhelamos la paz.

Para comprender el diferendo israelo-palestino debemos leer y releer la Biblia y luego estudiar un poco de Historia Antigua hasta llegar a nuestros días, evidenciándose que el conflicto fue y sigue siendo geopolítico y étnico-religioso, y si no lo comprendemos así no encontraremos la solución definitiva al problema, por lo que su solución debe ser primero desde lo religioso y luego se incursiona en otras esferas necesarias.

Consideraciones finales

No podemos estar de acuerdo con el uso de la fuerza en ninguna de sus variantes, ni con el sionismo, mucho menos con el antisemitismo, porque Jesucristo fue judío e hijo del pueblo de Israel bíblico, y nos enseñó que el Perdón salvífico y el Amor edificante al Prójimo y a Dios son la fórmula para la verdadera y definitiva PAZ.

Debe proclamarse y respetarse un nuevo ESTADO de ISRAEL, el cual deberá ser LAICO, que ocupará los territorios del antiguo reino unificado de Israel bíblico, donde tanto judíos como palestinos se llamen orgullosamente israelitas, donde exista tolerancia y libertad   
religiosa, todo lo cual será posible si el diálogo interreligioso, entre las tres hermanas religiones abrahamánicas (Judaísmo, Cristianismo e Islamismo), diera frutos agradables a Dios, que permitan que todos puedan coexistir pacífica y libremente en la Tierra Prometida, lo que irradiaría a todos los demás países, porque estas son las tres religiones de más adeptos en el mundo.

En un futuro no muy lejano estas tres religiones abrahamánicas están abocadas a ser UNA, ganándose en mayor credibilidad, contribuyendo así al cumplimiento del plan de Dios planteado por Jesucristo de lograr la unidad de los hermanos dispersos por el mundo.

La desobediencia del pueblo elegido por Dios lleva a la destrucción y es algo que se irradia, por lo que todos debemos contribuir al cumplimiento de las Sagradas Escrituras. 

Es hora de desconstruir y reedificar si de verdad queremos agradar a Dios. Concentrémonos en lo que nos une: el amor a DIOS, que por medio de su Hijo amado nos redimió a TODOS y nos enseñó que en Dios TODO es posible.

2 comentarios:

  1. Algunas personas cuestionan que no se respete al pueblo de Palestina ni sus derechos, lo cual antes quedó claramente explicado.

    La propuesta que se hace es mucho más efectiva, porque lo que hoy ocurre es una disputa entre dos religiones hermanas (Judaísmo Vs. Islamismo), con un trasfondo geopolítico, lo cual hace de esa región una de las más convulsa del mundo, y la idea es lograr la paz verdadera y sustentable.

    Sin embargo, para mejor comprensión de la propuesta del restablecimiento del Israel bíblico como Estado laico, los remito a un estudio de la historia del pueblo polaco y podrán apreciar que durante varias dominaciones imperiales fue particionado su territorio e incluso hicieron desaparecer su nombre, idioma, cultura e idiosincrasia, algo similar al Israel bíblico, solo que con el tiempo Polonia y su pueblo retomaron su legado histórico y hoy son un Estado soberano y democrático, que goza de paz y prosperidad, algo que ocurrió sin ser el pueblo elegido por Dios, ni estar en la Biblia como un designio del plan divino.

    Lo antes expuesto constata que si se restaura el Israel bíblico como un Estado laico contribuye a la paz en el Medio Oriente y tributa a que el Plan de Dios se manifieste.

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  2. Aún no lo termino de leer porque es extenso y complejo, por lo que he tenido que regresar sobre lo leído en algunas oportunidades. Gracias por compartir información de calidad e interesante.

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